lunes, 11 de agosto de 2014

Capítulo 11.

*Narra Mary*
Cuando abrí los ojos no me lo podía creer: me había acostado con James Paul McCartney. Él tenía los ojos cerrados aún, pero no parecía que estuviera durmiendo. Aún así, intenté incorporarme en la cama sin hacer demasiado ruido.
Me giré hacia el lado de fuera tratando atrapar la sábana con una mano para taparme. 
-Hola...
Lo miré; ya había abierto los ojos y tenía la vista fijada en mí a la vez que una pequeña sonrisa.
-Creía que estabas dormida. - solté una pequeña risa.
-Pues no. - rió también - Bueno, ¿qué te ha parecido la experiencia?
-¿La experiencia?
-No sé, tirarse a un Beatle.
-Ah. Ha estado bien, sin más. - me miró con seriedad.
-¿Qué? - reí.
De repente, cogió uno de los cojines que habían acabado en el suelo y me lo estampó contra el hombro. Le di un suave empujón, él tiró de mí y, cuando me di cuenta, lo tenía debajo. Me besó suavemente y ambos nos sentamos dispuestos a vestirnos.
Mientras nos poníamos los zapatos me lanzó una pequeña mirada.
-Ha sido genial. - le dije sonriendo. Él asintió haciendo lo mismo.
-¿Y ahora qué hacemos? - dijo Paul cuando terminamos de vestirnos.
-¿Vamos a buscar a los chicos?
-Vale, pero deben de estar en el club.
-¿Qué club es?
-Espera... - se acercó al teléfono y empezó a marcar algunos números que no alcancé a ver. - Sí, verá, me preguntaba si están ahí John, George y Ringo. - asintió - Pues dígale que vuelvan a casa. Vale, gracias. Adiós.
-¿Y bien?
-Cuando vuelvan nos llamarán.
Asentí con la cabeza y nos sentamos en el sofá a esperar la llamada del resto del Fab Four.
Por fin sonó el teléfono y, como buen caballero, se levantó Paul a contestar.
-¿Diga? Eh... sí, un momento. - tapó la parte del micro y se dirigió a mí. - Es para ti.
Me acerqué a él y me pasó la llamada.
-Buenos días, buenos días... -era la voz de Beatrice, con su aire algo vacilón de siempre.
-¡Be!
-¿Quién era ese que me ha contestado al principio, eh, pillina? Me voy yo y en un par de horas te descontrolas. Muy mal ejemplo, Mary, muy mal ejemplo... -rió con una pequeña carcajada.
-Es Paul, -reí- ¿qué tal por allí? -añadí intentando cambiar de tema de conversación.
-Demasiados alemanes, éste es tu hábitat natural - reímos otra vez.
-Seguramente, ¿ya has hecho algún amigo?
-¡Ojalá! -exclamó- No entiendo a nadie, aunque el taxista fue muy amable conmigo, espero que no me haya engañado con el cambio -rió de nuevo.
Me hizo reír de nuevo.
-Me alegro de que hayas llegado bien, pero tengo que irme, Beatrice, llámame cuando puedas, ¿vale? O dime tu nuevo número de teléfono provisional.
-Vale, ya te dejo a solas con McCartney, no quería interrumpir nada. -rió, y aumentó excesivamente su tono de voz, intentando que se oyese a través del auricular- ¡Paul, más te vale que uses protección! ¡Yo no quiero niños, eh!
-Ay... mi oído... -protesté frotándome mientras reía- yo le informo, hasta mañana.
-¡Adiós! -se despidió alegremente, y colgó.
Volví al sofá con el Beatle. Antes de que me diera tiempo a acomodarme, volvió a sonar el "ring ring" del teléfono. Esta vez fui yo la que se levantó a contestar esperando el aviso de los chicos que habían ido al club de striptease. 
-¿Kaufmann? - oí al otro lado del auricular -Verás, ha habido un problema de última hora. Creo que te van a necesitar por aquí -suspiré, era Colin, el secretario de nuestro jefe. Si eran noticias de él seguro que no me agradarían.
-¿Qué es lo que ha pasado?
-Rachel, la fotógrafa encargada de la sección de música ha caído enferma, y bueno, mañana tenía que llevar a cabo una misión muy importante... -explicó, apresurado.
-Entiendo, sustituta, ¿para qué?
-Mañana los Beatles dan un concierto, como entenderás no podemos faltar. Todo lo que se trate de esos cuatro vende como rosquillas.
Sentí por un momento que me faltaba el aire, pero fingí estar en desacuerdo.
-¿En serio? Pero eso es muy apresurado, ¿no hay otra fotógrafa de la sección de música que pueda asistir? Yo no tengo capacidades para esa categoría... -añadí como pude, intentando no reírme.
-Desgraciadamente no, todos los fotógrafos están en alguna otra ciudad lejos de Londres. Pero ese no es el caso, ¿qué le voy a decir al jefe? Me putea tanto como a ti, ¿sabes?
Por un momento me sorprendió que fuese tan directo conmigo, ya que sólo habremos coincidido un par de veces en la cafetería. Pero lo entendía perfectamente.
-Está bien... Me pasaré esta tarde a por el permiso de pase de prensa y esas cosas, intenta arreglármelo todo antes de... ¿las seis?
-Está bien, gracias. Luego te veo.
-Hasta luego -acabé la llamada.
Me dirigí de nuevo hacia el sofá y me subí de un salto encima de Paul.
-¿Mañana tenéis un concierto?
-Sí, ¿por?
-¿Hay sitio para una más? -sonreí, él se extrañó, frunciendo el ceño.
-¿Vendrás con nosotros? No sé si podrás...
-Más o menos, parece ser que tengo enchufe con el jefe... -reí.
-Algún tipo de favor le harás -rió guiñándome el ojo.
-¡Oye! -le di un golpe en el brazo, antes de que volviese a sonar el dichoso teléfono y dejase de reír.
Paul me miró, descolgó el teléfono antes de que a mí me diese tiempo a largar el brazo y quitárselo de la mano. Escuchó unos pocos segundos y respondió unos breves "sí, ajá, vale, ya vamos. ¡No os mováis!" antes de colgar. Cogió mi mano, me levantó rápidamente del sofá y tiró de mí hasta que llegamos a la puerta trasera. Se levantó la manga derecha de su chaqueta, miró el reloj y al cabo de unos dos minutos abrió la puerta y volvió a empujar de mí.
Una de las ventajas de esa puerta trasera es que daba a una calle por la que apenas pasaba gente y estaba prácticamente abandonada, por lo que milagrosamente Paul no tuvo que ocultarse de ninguna fan que se encontrase al acecho.
Esperamos a la entrada de una bocacalle hasta que oí el rugido de un motor y dirigí la vista hacia el coche que se acercaba a nosotros. Eran los otros tres, pero sólo bajó John, mientras que el resto nos saludó desde el coche. Nunca entedería cómo la sonrisa de George podía ser tan bonita.
John se acercó a nosotros.
-Hola, hola.
-Oye, John, ¿crees que ella podría acompañarnos mañana? -dijo Paul, señalándome con el índice con una clara intención de que raramente podría ir con ellos.
-¿Cómo? No creo... Eso despertaría muchas sospechas y a Brian no le gustaría...
Resoplé.
-A ver, Paul, no te adelantes -reí-, si tenía pensado ir es porque me han mandado como fotógrafa de la sección de música...
-Ah... ¡Podías haberlo dicho antes! -rió.
-Tampoco me habías preguntado -reí con tono burlón.
John nos miró a ambos con los ojos entrecerrados, aguantando claramente la risa.
-No sé qué os traéis entre manos vosotros dos -dijo pícaramente- pero yo no venía a hablar de eso.
-¿Entonces? -pregunté con una sonrisa.
John saltó sobre sus talones como si se tratase de un niño de cinco años emocionado a la espera de que sus padres le compraran una bolsa de gominolas.
-He encontrado un nuevo hobbie. Me gusta hacer rabiar a Beatrice, y aprovechando que ahora no está en Inglaterra para poder ponerme una orden de alejamiento... ¿Puedo llamarla desde tu casa para reírme un poco?
-No tengo aún su número, me ha llamado antes, dijo que quizá llamaba esta noche. Pero no tengo ni idea, John, no sé... -yo también empezaba a sospechar de que ellos tuviesen algo, pero esperaba que en tal caso Beatrice me hubiese informado de ello. Aunque yo tampoco le informé de mis últimos acontecimientos con Paul.
-Hmmm... Bueno, ¿y si cenamos todos esta noche en tu casa? -dijo una inocente maldad en su voz.
Lo medité unos segundos, pero no podía negar una cena a los Beatles, así que...
-Está bien, pero a las once os quiero fuera, eh, mañana tengo que ir a una interesante rueda de prensa y no quiero morir de sueño en el intento.
Ambos rieron. John pasó un brazo por mis hombros, tirando de mí hacia el coche mientras Paul nos acompañaba al otro lado.
-¡Perfecto! ¿Hay que comprar algo?
-No hace falta, pero tengo que pasarme por la oficina para recoger los permisos y esas cosas.
-Sin problema -interrumpió Paul alegremente mientras pasamos los tres adentro- Ringo, ya sabes adónde ir.
Ringo arrancó de nuevo el coche hasta que llegamos a las puertas de mi sucursal. A partir de cierto momento ellos tuvieron que intentar ocultar sus cabezas entre los hombros, ya que a través de aquellos cristales cualquiera podría darse cuenta de que se trataba de John, Paul, George y Ringo y no tardaría más dos minutos en levantarse una oleada fan.
Al cabo de más o menos dos horas volvieron en la misma dirección, dejándome en la puerta de casa y asegurándome que no estarían más tarde de las siete.
Comí ojeando un programa en la televisión pensando en lo que había pasado esta mañana con Paul. 
Si se suponía que lo nuestro era una "farsa" para despertar los celos -los cuales aún no ha mostrado- de mi amiga... No era necesario que él y yo nos acostásemos. ¿O sí?
Una breve mirada al reloj me apartó de mis pensamientos, ya que tenía que cocinar algo y estaban a punto de ser las cinco de la tarde. 
Como prometieron, los cuatro melenudos no tardaron más de dos horas en llamar al timbre, aunque lo hicieron con insistencia. No creo que pudieran permitirse estar más de veinte segundos a vista de todos sin llamar la atención.
Cenamos, hablamos, reímos, y todo lo típico que hacen las personas en compañía -a pesar de que el término "típico" no estuviese aceptado en el vocabulario relacionado con los Beatles- hasta que finalmente Beatrice llamó.

*Narra Beatrice*
Me desperté de mi sueño gracias a la incómoda voz de la azafata informando que llegábamos a tierra. Nunca pensé que el vuelo de los aviones pudiera ser tan relajante, ya que hasta en mi propia cama me hubiese costado dormir tan plácidamente sabiendo que poco después estaría en tierras desconocidas para mí, además de que me estrenaba pues era mi primer viaje por aire.
Me dirigí rápidamente a la salida del aeropuerto en cuanto conseguí mi equipaje, ya que estaba nerviosa a la vez que exhausta por saber algo más de lo que me esperaría allí. Pero no veía a nadie, o nadie me veía a mí. Pasaron varios e interminables minutos en los que yo me distraía saltando sobre mis talones hasta que un taxi aparcó cerca de mí. De él salió un chico, con algunos años más que yo. Me imaginaba que llevase un letrero donde pusiese “Señora Shepard” como en las películas, pero se limitó a avanzar unos pasos y apoyarse sobre el muro del edificio esperando a alguien o a algo.
Como los aeropuertos estaban siempre transitados me era imposible saber si era yo la persona que iba a disponer de ese taxi o podría ser cualquier otra que viajase en mi mismo vuelo. Decidí sacar un cigarro y, amistosamente, acercarme. A mi desgracia, cuando ya llevaba bastantes pasos decididos hacia él y había captado su atención me di cuenta de que, quizá, ni siquiera hablase inglés, y yo no tenía otro idioma con el que comunicarme, y haría estrepitosamente el ridículo. Pero ya no podía detenerme, por lo que continué.
-Perdone, ¿podría darme fuego?
-Sí, claro –afirmó con un inglés muy brusco, imagino que con un llamado “acento alemán”. Se palpó los bolsillos y me tendió un mechero.
Mientras trataba de encenderlo pude ver como mostraba una pequeña sonrisa –algo carismática- y añadió:
-Por una casualidad, ¿no serás la periodista llegada de Inglaterra, Beatrice Shepard?
Levanté la mirada del mechero que se resistía ofrecerme una pequeña llama  con la que poder encender mi cigarro y asentí.
-Más bien, fotógrafa…
-Bueno, es igual, ¡se necesitan igualmente!  -continuó alegremente- Llevaba un rato esperando, al igual que tú, por lo que he visto. Deberían haberme dejado una foto tuya, o algo, podríamos haber esperado horas.
Me ruboricé levemente, imagino que por un recibimiento tan caluroso.
-Sí… Mi jefe no es muy agradable, por lo que tampoco tuve mucho valor en preguntarle algo más sobre todo esto aparte de la información que me dio. Seguro que se hubiese excusado diciendo que era una incompetente o algo por el estilo –reí con timidez.
-Bueno, aquí tienes un tiempo para alejarte de ese jefe. –pasó su brazo por mi hombro y me dirigió al coche mientras yo me tropezaba con mi propia maleta- Además como todos suelen ser periodistas enviados durante ciertos días y después vuelven, así que al no pasar mucho tiempo con los mismos, tenemos algo más de libertad. Somos independientes.
El taxista acudió al ver que nos acercábamos y se ofreció a colocar mi equipaje en el maletero, por lo que yo le estuve muy agradecida.
Ambos pasamos dentro y después el taxista arrancó. El hombre al que conocía desde hacía apenas diez minutos me estuvo hablando muy amigablemente de cómo funcionaba todo allí, aunque, al no saber ni su nombre me limité a asentir de vez en cuando, al sentir que esperaba una respuesta y dentro de ésta sólo cabía un “sí, lo he entendido”.
Llegamos a una especie de apartamento, donde, por lo que me había explicado, estaba asignada una planta para cada grupo de periodistas –o acompañantes, como era mi caso donde sólo se me necesitaba para sacar fotos- dependiendo de su idioma. Así, por ejemplo, si yo necesitaba compresas no tenía que llamar puerta por puerta buscando a un inglés –en este caso, inglesa- que me lo pudiese prestar.
También me explicó que esa tarde la tendría libre, para poder organizar todas mis cosas y adaptarme a la habitación en la que viviría durante las próximas semanas. A la mañana siguiente me esperaría un amplio grupo de personas para explicarme con mayor detenimiento qué tendría que hacer yo allí.
 Lo primero que hice al entrar en el apartamento, después de colocar las maletas contra la primera pared que encontré y revolverme el pelo al apartarme el flequillo, fue llamar a Mary, aunque para mi sorpresa o decepción, estaba ocupada. El teléfono lo había cogido Paul y no quería alargar la conversación si él estaba allí con ella, aunque prometí llamar de nuevo más tarde.
Como tenía toda la tarde por delante y lo que menos me apetecía era salir de ese edificio siendo incapaz de hacerme entender con alguien sin ayuda, me tiré en el sofá, alargué la mano hasta una pequeña radio que asomaba por una mesa de cristal que se encontraba en el centro de la sala de estar y alterné por varias cadenas. Todas en alemán.
-¡Joder! –mascullé, y tuve que levantarme de nuevo a buscar un mechero por mi bolso, ya que el de mi recibidor no había prendido y yo continuaba nerviosa.
También estaba frustrada, durante toda mi estancia pasaría la mayor parte de mi tiempo sola, ya que no podría estar las veinticuatro horas enganchada al teléfono hablando con Mary.
Sabía que toda esa soledad haría que me fundiese la cabeza con pensamientos estúpidos. Tal y como estaba empezando a hacer en aquel momento. Y también sabía de qué tratarían todos esos pensamientos; o mejor dicho, de quién.
Su nombre sonó un momento entre mis labios, ya que al contener una sola sílaba era muy fácil pronunciarlo al expulsar el humo de la primera calada. Y me odié por ello, y le odié por ello.
Y como detestaba profundamente aquel pensamiento, pasé desesperadamente a otro. Pero el otro era similar. Si mis sospechas se confirmaban y mi amiga tenía realmente algo con Paul McCartney entendía perfectamente todo lo que aquello supondría. Y no lo podía asumir.
No lo podía asumir, porque mi odio terrenal al señor McCartney provenía de algo parecido a ello. Esa experiencia de hace años, de nuestra juventud. Si no recuerdo mal, cuando teníamos algo más de quince años. Yo no entendía qué, pero debería desprender un aroma que hacía enloquecer a todas. A todas menos a mí, o eso parecía, aunque mi mejor amiga cayó en el hechizo. Se enamoró profunda y platónicamente de Paul y yo acabé quedando como segundona. Cuando Paul por fin aceptó salir con ella, mi amiga no puso abstención alguna. Poco a poco, rechazaba mis ofertas de venir al patio trasero de mi casa a ojear unas fotografías antiguas o a acercarnos al kiosco a por unos periódicos  y burlarnos de cómo los adultos podían desquiciarse tanto por temas estúpidos como la política. Su horario pasó a dedicárselo al cien por cien a él, hasta que un día, como todo adolescente, él decidió “cambiar de aires”. Alice, destrozada, volvió a mí, pero me era imposible juzgarla o culparla, ya que seguramente no fuese ni la primera ni la última en pasar por aquella situación. Por lo que sí que pude culparla, aunque nunca se lo manifesté, es porque nunca supo la asfixiante tristeza que me atacaba cada vez que llamaba a su casa y sus padres me contestaban con un “ha salido” y no era conmigo.

No podía permitir que Mary pasase por eso, y mucho menos con el mismo chico. Tampoco podía permitírmelo a mí. Puede que fuese egoísta, pero no soportaría que me abandonaran de aquella forma de nuevo. Paul, por mucho que hubiese madurado estos años, su fama había aumentado de igual modo. Y todos sabemos lo que la fama conlleva.
Mujeres, drogas. Mujeres, drogas.
No albergaba ninguna esperanza dentro de mí de que su caso se diferenciara en algo, de que no todos los artistas fuesen como la mayoría de los que nos habían vendido desde que comenzó el movimiento del Rock&Roll. No era una crítica, el peso de la fama siempre había sido demasiado para muchos, y no creo que los Beatles permitiesen la excepción. No todos se volvían estúpidos, no a todos se les subía la fiebre a la cabeza, no todos mantenían un ego alimentado por los rumores más poderosos; pero de alguna u otra manera, la fama afectaba.

Mary sentía igualmente una especie de amor platónico e incondicional por esos cuatro hombres. Por los cuatro. Aceptaba que tuviesen defectos como todo ser humano, pero mantenía su figura en un pilar, divinizados. Me la imaginaba dentro de muchos años, hablando a sus futuros nietos de cómo ella pudo ver a sus ídolos envejecer, de cómo pudo conocerlos, comentando todas las anécdotas que un día me contó a mí y esa imagen me alumbró una sonrisa. Si es cierto que el fin justifica los medios, quizá preocuparme por lo que pueda pasar en un futuro cercano o lejano con Paul fuese excesivo. Quizá  todo eran suposiciones aceleradas mías; quizá si ella era feliz, yo debería mantener la boca cerrada.
Y eso fue lo que decidí mientras apretaba la colilla ya consumida contra el cenicero.
Giré sobre mis talones, tomé una buena bocanada de aire y mientras observaba todo con más detenimiento me dirigí a por el equipaje que me esperaba para ser colocado en los armarios.

La tarde avanzó más rápido de lo que yo esperaba, ya que mi último pensamiento había sido alegre me mantuve con ese estado de ánimo toda la tarde. Tanto, que me arriesgué a bajar a un pequeño establecimiento por el que habíamos pasado con el taxi y conseguir una extensa compra de comida. No me expliqué cómo lo hice, pero desde luego que estaba rebosante de felicidad. Y como después de preparar unos espaguetis tenía que comentar mi logro con alguien llamé de nuevo a mi amiga, como había prometido. Pero me esperaba otra sorpresa. Esta vez tampoco me contestó su voz, sino otra que también me era familia. Más familiar de lo que me hubiese gustado.
-¡¿Qué se supone que haces en mi casa!? –espeté.
-Tu amiga nos invitó a cenar, y como soy un caballero, no podía faltar –explicó burlón.
-Cállate.
-No he dicho nada malo. Tú preguntas, yo respondo.
-Llaves de mi casa no tienes, era una pregunta retórica.
Él se seguía riendo, sabía que se reía de mí y eso me enrabiaba más.
-Acabarás suplicándome que acepte unas dentro de un tiempo –afirmó carismáticamente.
-No sueñes, no te quiero todos los días en mi territorio. No te quiero ninguno, a ser posible.
-¿Apostamos algo?
-Lennon, déjame en paz. Sería un gran favor que me pasaras a mi compañera, no necesito perder más tiempo contigo.
-No apuestas, ¡galliiiiiiiinaaaaaaaaa! –rió.
-¿Siempre eres tan infantil?
-A eso acostumbro. Yo infantil, tú gallina.
-Infantil y gilipollas.
-Gallina y malhablada.
-Imbécil –resoplé.
-A su servicio.
-Olvídame –terminé, violentamente.
-Vale, ¡hasta luego! –dijo con una voz muy divertida y alegre. Imaginé que para sacarme aún más de quicio. Pero no, aún tenía algo que preguntarle.
-Espera, espera, ¡Lennon! ¡John! ¡No cuelgues! –grité por el auricular.
-¿Sí? ¿No crees que has tardado demasiado poco en suplicar?
-Más te gustaría. Ahora, ¿puedes escucharme y callar un momento obedientemente?
-Puedo intentarlo.
-¿Sabes algo nuevo, o fuera de lo normal, de Mary y Paul?
-Puede que sí, puede que no.
-Oh, vamos. –mascullé.
-No te lo diré tan fácilmente, pequeña. Y la puja está alta, ¿qué me das a cambio?
Le odiaba, terrible y profundamente. Le odiaba, le odiaba, le odiaba.
Definitivamente.
Le odiaba.
-¿Perdona? No puedes ser tan estúpido, tienes que estar de broma –reí por no llorar.
-¿Cuándo estoy yo de broma? Por favor, me ofendes –rió.
-De momento, desde que te conozco, no sé. Déjame pensar… ¿¡Continuamente!?
-Pues ahora no estoy de broma, y se me dan bien los negocios. Estoy esperando –añadió con voz traviesa, dándose aires.
-¿Y qué propones?
-¿Y si utilizas tus armas de mujer? –y de nuevo, sonó pícaro.
-¿Y si estoy en otro país, cómo? –dije, desesperadamente.
-¿Si estuvieras aquí las usarías?
-Yo no he dicho eso.
-Sí lo has dicho.
-No.
-Sí.
-Que no.
-Que sí.
Me empecé a reír como una tonta.
-Vale, ya, para. ¿Me lo vas a decir?
-¿Decir el qué?
-Lo de Paul y Mary… -suspiré cansada.
-¡Aaaaaah…! No –rió-. Aún no sé cómo me vas a recompensar, es información privada confidencial, un delito ¿sabes?
-¿Si digo que “usaré” mis armas de mujer, lo dejarás de una vez por todas?
-Ajá.
-Ahmm… Pues trato hecho.

Nota mental: No, no lo haría.

-No lo has dicho.
-¿El qué?
-Eso.
-Lo he dicho.
-No, no, no. Has dicho “ahmm… Pues trato hecho”.
-Vale, está bien. –y mascullé entre dientes un “usaré mis armas de mujer” (no sé cuáles, pero con tal de que callase).
-¿Ves lo fácil que es así? –rió carismáticamente- Ah, y seguramente, tengan algo, sólo hay que ver cómo están.
-¿Ya está, nada más?
-Más información aumenta el precio, ¿algo más para ofrecerme?
-Me estás vacilando, ¿verdad? Mira, adiós, pásame a mi amiga. –traté de no gritar, pero estaba exasperada.
-Vale, pero me debes algo. Ya sabes.
Oí un “¡Maaaaaary!”, y a los cinco segundos mi amiga estaba al teléfono. Antes de que pudiera decir nada, afirmé:
-No soporto a ese hombre. De veras, no puedo con él. No puedo, no puedo, no puedo. No-puedo.
-¿Ha pasado algo?
-Que es estúpido. Es tonto, completamente. Agh.
-Bueno, te acabará cayendo bien. Tiene un lado muy… entrañable. –dijo tratando de calmarme, con una pequeña risa entre labios.
-Seguro… -resoplé- oye, perdona. He perdido mucho tiempo al teléfono y tengo que hacer cosas por aquí. Llamo otro día, ¿vale?
-Tranquila, no te preocupes. Sabes dónde estoy. ¡Mucha suerte!
-Gracias, y a ver qué haces por allí en mi ausencia, eh. –reí, con un tono de doble fondo.
-Oh, soy buena y responsable. ¡Confía en mí!
-Ya lo hago. –reí- ¡Adiós!
-Adiós.
Coloqué el auricular del teléfono en su sitio mientras me rugían las tripas. Con todos los nervios, mi estómago no había manifestado sus ansias de comida hasta ese momento, por lo que al mediodía no tomé nada.
Al no saber cómo comunicarme con los alemanes y no tener muy buena mano con la comida, decidí arriesgarme a ir a un restaurante. Y, como mi temor prometía, tuve que manifestar al camarero qué quería tomar a través de mímica, dando gracias a que el inglés fuese un idioma bastante extendido y poderme ayudar un poco de palabras concretas.
Pensé: ¿qué puedes encontrar en Alemania? ¿Qué será aquí lo más típico? ¿Salchichas Frankfurt y hamburguesas?
Eso hice, pero la mayor complicación ocurrió al momento de tener que pagar. El mismo camarero, que tuvo mucha compasión conmigo, me ayudó –mañamente, no entendía nada- a contar las monedas. Agradecida enormemente, volví de camino a aquel apartamento, y al ser un tramo corto, no tardé más de media hora en estar quitándome los tacones y dejándolos caer en el parquet del pasillo principal.
Después de darme una muy rápida ducha y acostarme en la cama, agotada, me dormí pensando en lo odioso que era mi jefe por mandarme a un lugar tan inexplorado para mí, y en lo odioso que era Lennon –sí, Lennon. No puedes llamar por su nombre de pila a una persona en la que no confías-. Y qué “armas” se supondría que tenía que utilizar de vuelta a Inglaterra.


Ah, y pensé en lo jodidamente suaves que eran las sábanas de aquella cama, qué desgracia que estuviesen frías.


domingo, 23 de marzo de 2014

Capítulo 10.

*Narra Beatrice*
Me desperté con la cara hundida sobre la almohada, la noche anterior ni siquiera me había molestado en quitarme la ropa de calle y meterme en la cama para dormir. La resaca me persiguió durante toda la tarde, era invencible hasta para las tres tazas de café que me tomé a lo largo de la noche. Además de estar horas preparando todo lo que necesitaría para el viaje, acabé profundamente agotada y me dejé caer en cuando hube terminado.
Recuerdo que Mary salió con Paul varias horas, y cuando llegó yo ya estaba a punto de sumergirme en un sueño. Pero, ¿por qué Paul? Hasta donde yo había conocido su Beatlemanía, su favorito era George. George Harrison. Aunque yo siempre desconectaba mi mente cuando empezaba a hablar de los Beatles, por lo que no podía asegurar por cuál de los cuatro se decantaba. Me revolví perezosamente el pelo dentro de la cama y venciendo a duras penas mi vagueza, salté de la cama. Ese día tendría que coger el avión, soportar una hora de viaje y alejarme casi mil kilómetros de mi casa. Durante un mes. Hablando alemán. 
"¡Alemán!" dije para mí. Ni siquiera había caído hasta ese momento de que tendría que hablar la lengua natal de Berlín. No sabía absolutamente nada de ese idioma y por un momento, sentí miedo. 
"¿Y por qué diablos no han mandado a Mary, que es alemana?" pensé. Creo que mi conciencia tenía toda la razón del mundo. Quizá fuese una prueba, un reto, o simplemente la extraña afición de mi jefe por tratar de empeorar un poquito más la vida a sus empleados. No sé.
Me froté los ojos y salí a desayunar, aún era muy temprano y el sol apenas se asomaba un poco más arriba del horizonte. Por suerte, aún tenía dos horas y media hasta que saliese mi avión, sin restarle la media hora en la que debía de estar antes en el aeropuerto. 
Mi compañera seguía dormida, así que traté de hacer el menor ruido posible mientras preparaba algo de café y tostadas y tuve que reprimir un grito de dolor cuando me quemé con el primero.
Ella se levantó mientras yo me daba una ducha para despejarme, en esa última media hora había dado muchas vueltas en la cabeza al asunto de no saber qué hacer allí cuando llegue. Imaginaba que hubiese algún inglés, o alemán que hablase inglés, o algo, que hubiese hablado con mi sucursal pero, ¿y si no era así? Estaría totalmente perdida, un mes y cuatro días exactamente, sin entender nada en la televisión, radio, periódicos, sin saber cómo ni con quién comunicarme.
"Buffff..."
Revolví la cabeza para ahuyentar aquellos pensamientos.
Salí y lo primero que hice al ver a mi compañera fue pedirle unas "clases básicas para aprender alemán en cuarenta y cinco minutos". Esas clases básicas se resumieron en aprender "buenos días", "buenas noches", "sí", "no", "hasta luego" y "gracias". Esperaba que con eso pusiese guiarme lo suficiente los primeros días hasta que localizase a alguien que supiese quién era yo y por qué estaba allí (no con aires de superioridad, simplemente ayudar a una pobre inglesita que estaría mejor en Londres que en Berlín y no tiene idea de como manejarse en Alemania).
Finalmente acabé vistiéndome y maquillándome ("la primera impresión siempre es la más importante, Beatrice", oí decir a mi madre en mi cabeza) en la última hora, cogiendo mis maletas y dirigiéndonos ambas al aeropuerto. Llamamos al primer taxi libre que cruzó aquella calle del barrio de Knightsbridge. Iba a llegar tarde. "Mierda, como siempre". 
Mientras nos dirigíamos al aeropuerto dirigí la vista atrás y miré por la ventanilla del coche. Cuando llevas años viviendo en Londres dejas de apreciar su belleza. Supongo que ahora que iba a pasar un mes lejos de aquel lugar echaría de menos todo aquello por lo que pasaba cada día y me parecía insignificante. Por lo menos, aguardaba la seguridad de que ese viaje a Alemania supondría un notable ascenso de mi sueldo ese mes, por lo que después podríamos disfrutar de nuestra casa en aquel prestigioso distrito al oeste del centro de Londres y no tener que preocuparnos por cómo llegar a fin de mes.
El taxi nos dejo al final de la carretera más cercana al aeropuerto, al parecer a partir de allí nos sería más caro y aceptamos ir hasta la entrada a pie, dónde tuvimos que coger varios ascensores y atravesar unos cuantos pasillos. Mi estómago se cerró y un nudo se me subió a la garganta cuando divisé las aduanas con la mirada.
Miré a Mary, con la que apenas había mantenido conversación en todo el trayecto. Arrastraba mis dos maletas vagamente mientras me tropezaba de vez en cuando con mis propios pies. Maldije a los nervios.
-Creo que ya no puedes pasar más de aquí- dije a mi amiga mientras sacaba el pasaporte y documentación del bolso.
-Lo sé, imagino que no hará falta decirte que llames cuando llegues... -musitó ella con una leve risa.
-Ni lo dudes, pero tienes diez horas de libertad hasta que yo vuelva a molestarte por teléfono- reí guiñándole un ojo- Tú tampoco destroces nuestro hogar en mi ausencia.
-Be, creo que nuestra casa es más segura contigo fuera -añadió con tono de burla- Cada vez que pasas por la puerta de la entrada aumentan en un sesenta por cierto mis miedos a morir en un incendio.
Solté una carcajada.
-¡Serás capulla! -grité sin poder reprimir mi risa.
-Cuídate -añadió con un tono más serio.
Esta vez me tuve que reprimir para no esbozar una sonrisa melancólica.
-Lo haré, te avisaré en cuanto llegue. -sonreí y la abracé dejando las maletas apoyadas en el suelo.
Ella suspiró y me acompañó lo más que pudo hasta las aduanas, donde me dio un último abrazo y esperó a que yo ya no pusiese localizarla con la vista para marcharse. 
"Hmmmmm, te echaré de menos".
Pasé por todos los controles sin problemas (bueno, casi, excepto un tropezón tonto en la fila y un malentendido con la pulsera del reloj de muñeca en el detector de metales), y tras una larga espera conseguí montarme en la clase media del avión. Oh, maldita clase media. Ese lugar donde cualquier tipo de persona puede sentarse a tu lado, desde una secretaria con melena rubia y larga, con unas curvas perfectas de los pies a la cabeza y una sonrisa traviesa que haga que todos los hombres del avión estén deseando sentarse en tu lugar, hasta un viejo tabernero con una barriga que no soporten los botones de su camisa y un aliento a alcohol que no permita respirar.
"Esa es una visión demasiado superficial, Beatrice", me regañé. Quería seguir manteniendo las esperanzas y el poco ánimo que aún conservaba.
Una azafata preguntó si queríamos algo para beber o comer, no me había dado cuenta de que seguía con el estómago cerrado desde que despedí a mi amiga hasta el momento en el que mencionaron la comida, por lo que pedí una infusión (de mala calidad, obviamente) para tranquilizarme.
A mi lado se sentó una señora mayor, no me molesté en juzgar sus apariencias -como hice mentalmente mientras buscaba mi asiento con la secretaria y el tabernero imaginarios- pero llevaba varias revistas debajo del brazo en las que sí me fijé para leer durante el viaje.
En la esquina de una de ellas asomaban las caras de cuatro chicos, cuyo pelo caía sobre su frente a modo de flequillo. Beatles.
Me sorprendí a mí misma al no hacer un gesto de disgusto o de asco y en su lugar, mostrar una tímida sonrisilla. Me imaginaba a Mary quedando poco después de llegar a casa con ellos, saliendo con ellos, bebiendo -¿Mary bebiendo?- con ellos... O quizá sólo con Paul.
¡Paul! Esos últimos días había estado tan cerrada pensando en John que ni siquiera había caído en que Paul y Mary podían tener... algo. No me extrañaría, la verdad. Aunque seguía jurándome a mí misma que su Beatle favorito era George, no Paul.
"Bueno, el tuyo es John" rió una vocecilla en mi cabeza, la cual sacudí para hacerla callar "No, no, y no".
No me dí cuenta de que me estaba quedando dormida encima del asiento hasta que la misma azafata que me llevó la infusión me ofreció una almohada, que yo acepté muy amablemente. Si me esperaban diez horas de viaje, preferiría hacerlo dormida.



*Narra Mary*
Cuando me despedí de Be la vi de lejos pasando por la aduana. Se le cayó la maleta de mano y al agacharse a recogerla hizo una especie de tapón en la fila porque la gente tenía prisa y con los empujones no la dejaban incorporarse. Típico de ella. 
Cuando por fin hubo dejado en la cinta lo que tenía que dejar pasó por el detector, el cual pitó, y acto seguido pude verla siendo registrada por un agente de seguridad y quitándose de la muñeca lo que parecía ser un reloj. Aplausos, por favor, se tenía que quitar sólo las cosas de metal que llevara y se le olvidó quitarse lo único que llevaba al descubierto. 
Por fin consiguió pasar al otro lado y la perdí de vista entre la muchedumbre.
Me dirigí a la salida del aeropuerto y llamé a un taxi mientras pensaba qué iba a hacer más de un mes entero sin mi mejor amiga en el mismo país que yo. Llegó, subí y le dije la dirección a la que me tenía que llegar. 
Cuando llegué al umbral de casa abrí la puerta y de repente unas preguntas me inundaron: "¿Qué haré durante este tiempo? ¿Querrán los Beatles quedar conmigo? ¿Y si piensan que soy muy pesada y no los vuelvo a ver hasta que Beatrice vuelva?".
Cerré tras mi espalda y me dirigí al salón, encendí la televisión y me senté en el sofá. 
Aunque en la BBC estaban emitiendo la repetición de la aparición del Fab Four en el Ed Sullivan Show mis pensamientos siempre me llevaban a lo mismo; ¿Y ahora qué hago?
En uno de estos arrebatos casi deprimentes por la ausencia de mi compañera de piso, sonó el teléfono. Increíble, alguien quería hablar conmigo. 
Me levanté con la mayor ilusión posible de mi asiento y descolgué el auricular.
-¿Sí? - oí un murmullo al otro lado de la llamada que reconocí en cuanto escuché hablar.
-Ah hola Mary, ¿está Beatrice por ahí? - Era John. De pronto me acordé. ¡No les habíamos avisado! "Mierda" pensé para mis adentros.
-Eh...eeehhh...eeeeeehhhh... Verás - conseguí decir - tengo que hablar con vosotros sobre eso.
-¿Ha pasado algo de lo que debamos enterarnos? - Guardé silencio.
-¿Estás en casa de George y Ringo?
-Sí, también está Paul aquí. Me ha comentado antes que quería decirte algo pero no ha especificado el qué. ¿Te quieres pasar por casa de Ringo y George?
-Genial, ¿entonces os importa si me paso por allí?
-Claro que no, ¿ahora nos vemos entonces? Adiós.
-Adiós. - Colgué y fui corriendo a cambiarme. 
Al cabo de unos 15 minutos ya estaba en su puerta. Llamé el timbre y un sonriente Ringo me dio la bienvenida.
Estaban todos, los cuatro. Normalmente en situaciones así tenía a Beatrice a mi lado ayudándome con su carácter a no perder las formas y en ese momento realmente la necesitaba. 
-Hey Mary, siéntate. - Me invitó Paul.
Me senté junto a él ya con los otros tres alrededor y me dispuse a explicarles dónde estaba Beatrice.
-Veréis... - me miraron con preocupación. - Beatrice está en un vuelo a Berlín.
Abrieron los ojos como platos y se miraron los unos a los otros.
-¡¿Y qué hace yendo a Alemania?! - preguntó George.
-Por culpa del trabajo. Si hubiese rechazado el traslado temporal seguramente ahora mismo estaría en paro.
-¿Vuestro jefe trata un poco mal a sus empleados, no? - Asentí a la pregunta de Lennon.
-Bueno, ¿y ahora qué teníais pensado hacer?
-Yo tengo que hablar un momento contigo sobre "yasabesqué". - Me recordó Paul.
-Ah sí, cierto. ¿Y vosotros? - miré a los otros tres británicos.
-¿Vamos a dar una vuelta por el centro y vamos a algún club de striptease? Digo... a alguna tienda de música. - sugirió John entre risas por la "aparente" confusión.
Al parecer se pusieron de acuerdo en cuanto John hizo la pregunta porque se despidieron con un gesto de cabeza de Paul y de mí y salieron por la puerta en un abrir y cerrar de ojos.
-¿Y eso? - le pregunté aturdida a Paul.
-Somos humanos, todos necesitamos algo de entretenimiento...bueno, dejémoslo en entretenimiento a secas.
Salimos de la casa de dos los escarabajos que se acababan de ir y nos acercamos a la de Be y yo. 
-Oye, ¿y qué querías decirme?
-Es algo que no puedo decir exactamente con palabras. - Su voz sonó más prometedora de lo habitual.
Me volteé sobre mí para abrir la puerta mientras él pensaba qué decir y, mientras giraba la llave dentro de la cerradura, noté una leve presión en la parte baja de la espalda. Giré la cabeza para ver qué era aquello y, en el preciso momento en el que me di cuenta de lo que era. Paul McCartney. Paul McCartney sostuvo mi cabeza entre sus suaves manos, me besó y la inercia de su cuerpo hizo que yo retrocediese varios pasos hacia atrás, pero sin separar mis labios de los suyos. No era consciente de todo lo que hacía, empujé la puerta con el pie y la cerré a las espaldas del Beatle mientras él seguía empujando cada vez más al interior de la casa. Acabé chocando contra una pared mientras marcaba un camino de besos hasta mi cuello y mis hombros, mientras notaba la caricia de sus dedos deslizándose por el bajo de mi falda. 
Mi respiración comenzaba a fallar y mi cuerpo se petrificaba un poco más cada vez que sus labios rozaban mi piel. Suspiré profundamente tratando de conseguir el oxígeno que me faltaba.
Él esbozó una traviesa sonrisa que sentí contra mi cuello y susurró sobre mi oído.
-Si quieres que pare simplemente dímelo.
Me mordí el labio, ni siquiera fui capaz de responder. Enredé los dedos en su pelo y volví a besarle. Mis relaciones con chicos nunca habían ido más allá que noches en un sofá comiendo pizzas y bebiendo Coca-Cola, no entendía cómo los nervios no me habían paralizado aún y, en su lugar, un cosquilleo sacudía todas las partículas de mi cuerpo.
Me subió a su cintura  y automáticamente yo la rodeé con mis piernas. Una vocecilla aguda hizo acto de presencia en mi garganta.
-No creo que este sea el mejor sitio -dije mientras notaba como mis mejillas se volvían cada vez más rojas. Quizá fuese vergüenza, o quizá calor.
Él entrecerró los ojos con aire pícaro y sonrió.
-Tu casa, tus reglas -rió.
Me robó un beso rápido y empezó a andar torpemente conmigo encima. Pero, ¿adónde? Mi habitación estaba exactamente al lado contrario de la casa.
Vale, me estaba llevando al dormitorio de Beatrice.
Tampoco entendí por qué no le avisé de ello, o por qué me dio igual. Me agarré a sus hombros y me dejé llevar.
Paul avanzó por la habitación de Be de espaldas a la cama hasta que sus piernas chocaron contra el borde de esta, haciéndole desequilibrar y yo cayendo a horcajadas de él.
Me incliné hacia delante y dejé que siguiese besando, involuntariamente comencé a desabrochar varios botones de su camisa y él hizo lo mismo con la mía.
Mis actos dejaron de responder a las órdenes de mi mente, consiguiendo que finalmente me acostase con aquel bajista. 


sábado, 1 de febrero de 2014

Capítulo 9.

*Narra Beatrice*
-¿Qué significa eso de que te vas a Alemania? -repitió Mary boquiabierta.
Me encogí de hombros, ¿por qué yo?
-Al parecer, quieren que vaya como fotógrafa para el no-sé-qué-noticia. -añadí suspirando.
-¿Cómo? ¿Y ya está? No pueden mandarte a Alemania así como así.
-Lo sé, pero no puedo negarme y arriesgarnos a perder uno de los dos sueldos.- y era verdad, el alquiler de nuestra casa era alto y con sólo el sueldo de Mary no podríamos vivir lo que se dice "bien".- De todas formas, dejemos este tema, estoy con... resaca. O algo así.
Mary me arqueó una ceja. No pude descubrir exactamente con qué intenciones.
-¿Dónde has pasado la noche?
-En casa de John... -disimulé la risa mientras nos metíamos en el ascensor. Me habían dejado el resto de jornada libre por todo el tema de Alemania, el caso es que no sé qué hacia mi compañera viniendo conmigo.
-¿Me estás vacilando? -se me quedó mirando con cara de sorpresa.- O sea, pasas la noche con John y lo dices así, tan tranquila... -cada vez parecía más incrédula.
Tenía que pensar rápido, sí que había pasado la noche con John, pero eso ella no podía saberlo. En sí no yo aún acababa de creer que pasase, sentía como una espesa nube me impedía pensar con claridad y me provocaba náuseas a la mínima. Maldito alcohol.
-Eh... No, no. Sólo he dormido en su cama. -lo estaba empeorando- Ay, quiero decir, que él se quedó en el sofá. Yo bebí demasiado. -me llevé dramáticamente una mano a la frente.- ¡No me hagas gritar, me duele la cabeza!
-Bueno... Pues controla, ya eres mayorcita y no puedo estar vigilándote continuamente.- lo dijo con tono de madre mientras me daba unas suaves palmaditas en el hombro, como si yo fuese un bebé que coge las llaves del coche para jugar y las acaba perdiendo por cualquier parte de la casa.
-Oye, oye, fue por tu culpa. Si no hubiésemos quedado con ellos yo no hubiese bebido, y hablando de eso, me debes tres vinilos de Buddy Holly. ¡Cuatro! Que me rompiste uno. - le lancé una mirada asesina mientras reía. Ella respondió apartando la mirada y silbando como si nunca hubiéramos llegado a tal acuerdo.
-Es tarde, ¿y si vamos a tomar un café y luego te ayudo a preparar todo lo del viaje?
-¡Mary! -reí, al momento un martillazo me atacó el cráneo. Juré que sería la última vez que bebería.
-Está bien...

Después de pasar un buen rato en la tienda de discos, donde me costó sudor y lágrimas encontrar "That'll Be The Day" y me tuve que conformar con un LP  de The Crickets y un par de singles volvimos a casa. Mary estuvo callada durante todo el rato, no sé en qué estaría pernsando, pero la única emoción que mostró fue cuando tuvimos que pasar por la sección "Beatles" de camino a la de "Crickets". Si no recuerdo mal, dentro de poco sus chicos tenían pensado sacar un nuevo disco. Hmmmm, más Beatles no, por favor.
Me desplomé sobre la cama sin molestarme a escuchar antes mis nuevas reliquias. Pero nada, esa espantosa resaca no me permitiría aguantar más de dos minutos recibiendo sonidos en mi cabeza. Seguía sin aclararme respecto a lo de anoche. Ni lo asumía ni lo aceptaba. Yo con Lennon. No podía ser. Ese chico no me gustaba, de ninguna manera. No, no, no. No.
Cerré levemente los ojos, la persiana estaba subida y el sol que entraba por la ventana simulaba que iba a quemarme las retinas. Tampoco tenía demasiadas fuerzas para levantarme.
Quería dormir. Estaba a punto de caer en un sueño cuando interrumpió el horrible ruido metálico del teléfono.
"Que no sean ellos. Por favor, cualquier cosa menos ellos" supliqué para mis adentros.
Tenía la puerta de mi habitación cerrada, así que Mary se me adelantó.
-¡Be! ¡Es para ti!
¿Para mí? ?Quién? ¿John? Imposible. Mary me lo hubiese dicho. ¿Entonces...?
-¿Sí?...
-¿Shepard? -el jefe.
-Soy yo, ¿qué, qué pasa?
-En dos días tienes el vuelo a Berlín. A las diez de la mañana. Más te vale estar allí a las ocho de la mañana, y media como muy tarde. No llegues tarde, como siempre.
-Gracias, señor. -forcé un tono amable- Espero que no haya ningún problema. ¿Y allí?
-¿Allí qué? Trabajar, para eso te pago.
Resoplé y le meldije para mis adentros.
-Me refiero a qué haré cuando baje del avión.
-Ah, tendrás un taxi esperándote que te llevará a el hotel. Perdónanos por una estancia tan simple, pero la sucursal no está para lujos. -noté algo de sarcasmo en su voz. No soportaba a ese hombre.
-Vale, muchas gracias, allí estaré. Si necesita algo o hay algún cambio ya sabe cómo contactar conmigo. -me mostré alegre y colgué antes de que pudiera articular palabra.
Volví a la habitación suspirando, saqué la maleta que estaba encima del armario. Necesitaba dormir, me pesaba todo el cuerpo y los párpados se resistían a mantenerse abiertos. Dejé caer la maleta boca arriba sobre el suelo, abrí y observé el interior. Calculé mentalmente cuánta cantidad de ropa necesitaría, la empujé con el pie alejándolo hacia un lado y me volví a tirar en la cama.
Otra vez el teléfono.
-¡¿QUÉ COJONES LE PASA A ESE INSTRUMENTO INFERNAL?!- grité mientras oía a mi compañera acercándose de nuevo al salón. El sonido del teléfono me taladraba cada neurona de mi cabeza haciendo que ésta quisiese explotar en cualquier momento.
Para colmo, debían de ser John, Paul, George o Ringo, pues la alegría de Mary no tardó en subir su tono de voz.
"Oh, dios mío, que alguien le tape la boca." Cogí la almohada perezosamente y me tapé las orejas con ella, hundiendo la cara en el colchón.
"Esto es culpa de Lennon. No vuelvo a confiar en él. Seguro que me echó algo en la bebida. ¡Seguro! ¿O quizá es que yo no esté acostumbraba a beber tanto...? Hmmm. Es igual. No más Lennon."
Volvía a conciliar el sueño. Esa almohada retuvo el ruido del exterior más de lo que hubiese imaginado. Hasta que Mary irrumpió en mi habitación.
-¿Qué piensas hacer? -dijo con un tono de desconfianza.
-Dormir, ¿por?
-Hmmmm, es que han llamado los chicos.
-Ni-lo-sue-ñes. -no me molesté en levantar la cabeza para mirarla.
-Oh, vale, entiendo... Perdón.
-Mary, ¿me dejas dormir, por favor? Todo me da vueltas. -rogué.
-Bueno, yo he quedado con Paul. Está bien, descansa y mejórate. -se despidió alegremente.
Cerró la puerta de mi habitación y un cuarto de hora después, aproximadamente, oí la de la entrada. Se iba con los Beatles dos días antes de que yo me fuese a Alemania durante un mes. Perfecto.


*Narra Mary*
Mientras abría la puerta imaginaba que al otro lado encontraría a un Beatle en mi puerta con un ramo de flores o algo por el estilo, sin embargo, lo que apareció frente a mis ojos fue Paul McCartney huyendo de siete fans que lo perseguían con intención de hacer lo que fuera por poder tocarle. Me aparté corriendo para que él entrara y cerrarle la puerta en las narices a las demás.
-¿¡Se puede saber adónde has ido para que te vea tanta gente!? - le pregunté conteniendo una carcajada.
-Iban todas juntas por la calle y cuando me vieron viniendo hacia aquí se avalanzaron sobre mí. ¿Cómo vamos a salir de aquí? ¿Tienes puerta trasera?
-Sí pero da a un pequeño jardín con una puerta y la puerta de salida está casi al lado de la principal. Nos verían.
-Tengo una idea pero no sé si será demasiado arriesgada... ¿puedo hacer una llamada?
-Eh...claro. - Respondí y le dirigí hacia el teléfono.
Vi cómo marcaba unos números que me resultaban curiosamente familiares y se acercó el auricular a la oreja para hablar.
-¡Hey! Estoy aquí en casa de Mary, he venido a recogerla y unas chicas me vieron y están esperando a que salga por la puerta. - Asintió. Muchas gracias, hasta ahora.
Colgó y lo miré extrañada.
-¿Cuál es tu plan, McCartney? - Me senté en el borde de la mesa.
-Van a venir a salvarnos haciendo de distracción así que tendremos que subir corriendo a un coche que dejaran frente a la puerta del garaje y pirarnos.
-¿Y quién vendrá a...? - De repente, los gritos de las fans me interrumpieron y fuimos corriendo a la ventana para ver si el plan había comenzado. Ringo estaba haciendo gestos de pie en la calle desviando la atención de todas. Corrimos hacia la puerta del jardín y allí vimos al señor Harrison en un coche con el motor en marcha esperándonos para la huida.
-A la de tres. Una, dos y... - subimos deprisa y el coche fue en busca de Ringo sin ni siquiera habernos dado tiempo para cerrar.
-¡Sube! - Gritamos a dúo George y yo mientras Paul le abría la puerta.
Cuando los cuatro estuvimos ya a salvo, George pisó el acelerador y, por el cristal trasero, vimos como las beatlemaníacas cada vez quedaban más lejos.
-Yo no soy tan agresiva. - Reí y me acomodé en el asiento. - Bueno, ¿y ahora qué?
Durante cinco segundos nadie contestó.
-Tú y yo habíamos quedado a solas pero creo que vamos a necesitar a estos dos para sobrevivir. - Dijo Paul.
-Si queréis os dejamos delante de los estudios de EMI solos. - Contestó George sarcásticamente soltando una leve risa. Lo miré y se encogió de hombros riendo. - Era sólo una propuesta.
-¿No podemos ir a algún sitio que esté cerca pero en el que no haya fans locas? - Todos pusieron caras pensativas.
-Hay una pista de bolos no muy lejos de aquí que es para gente "de clase alta". Se hacen muchas..."fiestas" allí de gente famosa y casi nadie juega. Las pistas suelen estar libres. - Sugirió Ringo y Paul le revolvió el pelo.
-¡Chico listo! - Gritó Paul. - Muy bien, ¿vamos entonces? 
Asentimos todos a la vez y nos dirigimos a la bolera a la que se refería Richard.
Cuando llegamos vimos a un montón de famosos que trabajaban para el sello Parlophone. La mayoría eran cómicos a los que yo no conocía pero que parecían tener una estrecha relación con los chicos que saludaban cordialmente a todo el que se encontraban.
Nos aproximamos al mostrador y dijimos nuestras tallas de pie para que nos dieran los típicos zapatos para jugar a los bolos. Nos los pusimos y nos acercamos a una de las pistas vacías.
-¿Jugamos un dos contra dos? - Preguntó Paul mientras se sentaba en uno de los asientos y dejaba su chaqueta.
-Buena deducción Macca, ¡cuatro entre dos es dos! - Le respondió Ringo fingiendo sorpresa.
Paul encogió la nariz y George y yo reímos sin cesar por lo poco habitual que era que Ringo le tomara el pelo a alguien. Casi siempre era él el objeto de burla por sus tan obvias deducciones.
-Está bien, está bien. ¿Quién con quién? - Preguntó el Beatle tímido.
-Mary y yo habíamos quedado solos así que creo que las parejas quedan claras.
-De acuerdo. - Respondimos al unísono.
Me puse en la mesa de Paul y configuramos las pantallas. Paul empezaba. Cuando llegó mi turno, cogí la bola que menos pesaba y la lancé. Ni uno tiré. Segundo intento. Todos. Semipleno.
Seguimos jugando hasta la ronda final. Los dos grupos teníamos casi la misma puntuación pero ellos nos iban ganando por un par de puntos. Aún teníamos posibilidades. Tiré haciendo que quedáramos exactamente un punto por encima de ellos pero George, que estuvo tirando a la vez que yo por el orden de los nombres, no había tirado todavía.
No era una partida de campeonato ni nada por el estilo así que si intentaba que se le desviara la bola tampoco pasaría nada.
Me acerqué a Harrison por la espalda y, mientras alzaba el brazo hacia atrás para realizar el lanzamiento decisivo, acerqué mis manos 
a su cadera y empecé a hacerle cosquillas.
Lo que pasó fue muy simple, se empezó a retorcer por las cosquillas, sin motivo aparente empecé a notar un cosquilleo como de mariposas en el estómago y no me di cuenta de dónde iba a caer la bola. Noté un golpe en el pie, vi la cara de George horrorizado por lo que acababa de pasar y fui corriendo a sentarme mientras daba pequeños grititos de dolor.
-¡Perdón perdón perdón, lo siento mucho, no era mi intención! - Gritó él mientras corría a socorrerme tras el incidente. - ¿Estás bien?
-Sí sí, es sólo que...ya sabes, me acabas de aplastar el pie. - Dije entre pequeñas risas.
-Será mejor que volvamos a casa. - Paul se acercó a mi y me intentó llevar en brazos hasta el coche. - Vale, tengo los brazos adormilados.
-Yo la llevo. - Oí a George de lejos haciendo el tiro final de la partida. Sonó el pitido de cuando termina una y miré el marcador. Ganamos Paul y yo, al parecer George no tiró ni un bolo.
-Tú tienes las llaves del coche, déjame a mi. - Dijo Ringo levantándome para llevarme ya al coche en dirección a casa.
-Tienes razón. - Salimos a la calle y ya se nos había hecho de noche. Ni habíamos almorzado entre el camino y la partida. Entramos en el coche y me subieron en el asiento del copiloto.
No me enteré de nada de lo que ocurrió hasta que llegamos a Knightsbridge. Al parecer me había quedado dormida, porque tenía una manta por encima que seguramente me habría echado el dueño del coche.
-Ya hemos llegado. - Giré la vista hacia mi izquierda y vi a George sonriéndome. - Paul y Ringo ya han entrado en casa. Está todo muy oscuro y hace frío, deja que te acompañe.
Me estiré como pude en el reducido espacio del coche y salí del coche con su ayuda.
-Gracias. - Dije con los ojos semiabiertos.
Como aún me dolía el pie en uno de los amagos por avanzar me lo doblé y tuve que ir hasta la puerta usando al Beatle de apoyo.
-Lo siento mucho, de verdad.
-No te preocupes. - Sonreí y le di un pequeño beso en la mejilla. - Hasta mañana.
-A....adiós. - Tartamudeó.
Cerré la puerta mientras agitaba la mano para despedirme y fui al cuarto de Beatrice, llamé a la puerta y al oír "adelante" la abrí con una especia de sonrisa tonta y la vi sacando ropa de sus cajones y metiéndolas en una maleta de viaje.
Mi amiga me miró riéndose. 
-¿Se puede saber qué ha pasado para que traigas esa cara? - Preguntó boquiabierta.
-No sé de que me estás hablando. - Mentía fatal, lo sé. - Me duele el pie y tengo sueño, mañana hablamos.
-Vale... ¡hasta mañana!
-Adiós.


sábado, 11 de enero de 2014

Capítulo 8.

*Narra Mary*
Cuando llegué a casa la noche anterior apenas hablé con Be. Cenamos y nos fuimos a dormir después de unos simples "buenas noches" pero creo que a ambas nos costó conciliar el sueño con el asunto de la periodista porque a la mañana siguiente nos llamaron por teléfono y las dos estábamos aún dormidas. Puesto que Beatrice puede dormir lo que se proponga sin despertarse, fui yo la primera en levantarme a contestar la llamada.
-¿Diga?
-¿Mary? Soy John, ¿os gustaría ir al cine esta tarde? - se me abrieron los ojos como platos, si Beatrice lo hubiese cogido ya habríamos perdido la oportunidad de quedar esa tarde con ellos.
-Sí, soy yo. Verás... a mí me encantaría pero no sé si Be estará por la labor.
-Bueno, no te preocupes. Otra vez será. Adiós.
-¡NO NO! ¡Espera! - grité y al instante oí como el teléfono caía al suelo a causa de ello. - La convenceré, no te preocupes.
-De acuerdo, genial. Entonces hasta esta tarde.
-Vale, adi... - John me interrumpió.
-Una cosa más, como nosotros no podemos ir al cine sin sufrir el acoso de las fans no podremos ir al más cercano porque nos localizarán enseguida.
-Acoso de fans, gracias eh...  - oí una pequeña risa -¿Intentas decirme que nos llevaréis a las afueras?
-Sí, y tendremos que ir en taxi para caber todos. Nosotros pagamos.
-Está bien. Entonces por la tarde nos vemos.
-Adiós.
-Adiós.
Colgué y me dirigí a la puerta de la habitación de Beatrice. Llamé levemente. Nadie respondió al otro y acerqué la oreja. Sólo se oían ronquidos así que abrí lentamente y me acerqué a ella. Ni se inmutó. Fui corriendo a la cocina, saqué un cubo de unos de los armarios y lo llené de agua. Volví al cuarto de Beatrice y ya os podéis imaginar lo que hice. Se levantó de un salto murmurando alguna que otra palabrota y sin decirme directamente nada ví como se aproximaba al baño para coger una toalla y secarse. Yo volví a la cocina y me puse a preparar el desayuno para las dos, iba a necesitar pelotearla mucho para conseguir que fuera... aunque con el cubo hubiese empezado con mal pie. 
-Buenos días. - Dijo ella mientras pasaba a mi lado con una sarcástica sonrisa.
-Hola... ¿qué tal has dormido?
-Lo sabes perfectamente... ¿se puede saber por qué me has despertado?
-No quería que te pasases el día entero durmiendo, ambas sabemos que eres capaz.
-¿Y qué más te daba si lo hacía o no? Hoy no hemos quedado. - Desvié la mirada.
-Yaaaaaaa... en cuanto a esooo... - Beatrice me echó una mirada asesina.
-¿¡Me estás tomando el pelo!?
-¿No había una película que tu querías ver en el cine?..
-Te mato.
-A ti te gusta el cine...
-Pues yo no voy.
-No me dejarás sola. Sabes perfectamente que me perderé.
-Viven en frente, sabes perfectamente adónde ir.
-Ya pero...veeeeeen poooooooooorfa, que te he preparado el desayuno. - Me eché a un lado para que viese lo que tenía preparado en la encimera para ella; una tostada con nutella por encima y un café con leche.
-Bueno... me lo pensaré. 
Fue pasando el tiempo hasta que se acercó la hora de quedar. En treinta minutos teníamos que estar en casa de Ringo y George.
-Be... ¿vienes? - puse ojitos.
-No.
-Te regalaré tres vinilos de Buddy Holly.
-Voy a vestirme.
Me fui a vestir a la vez que ella y a los veinte minutos estábamos las dos en la puerta dispuestas a salir.
Llegamos a casa de ellos, llamamos al timbre y salieron. Conforme salían por la puerta vino un taxi a recogernos y subimos todos. John se sentó junto al conductor, yo me senté detrás con George y Ringo y atrás del todo iban Beatrice y Paul.
Por el camino fuimos oyendo la radio y, por supuesto, sonó alguna que otra canción del Fab Four.
Nos bajamos del taxi y allí estábamos Beatrice y yo en un cine a media hora de distancia de nuestra casa en coche con el grupo más famoso del mundo.

*Narra Beatrice*
No estaba de ningún buen humor. Otro día más con los Beatles. ¿Por qué? ¿Qué le había hecho yo a este mundo, a Mary, a los Beatles para que me hagan esto? ¿¡Qué!? Estaba muy bien ganarse tres vinilos de Buddy Holy a cambio, pero seguía sin parecerme suficiente contando que no era el primer día que me obligaba a ver con ellos. No mantuve conversación con nadie en el taxi, ni con McCartney, aunque le tuviera al lado. La única sonrisa que mostré y forzada fue para saludar a George y Ringo. Los otros dos eran "Lennon" y "McCartney", no iba a llamarles por su nombre de pila. Eso inspiraba demasiada confianza, la cual no había.
Nos bajamos del taxi en lo que parecía un cine en un pueblo cercano a Londres, pero ni me fijé durante el viaje en cuál era, ni iba a preguntar. Al parecer la fama de los cuatro no les permitía hacer todas las apariciones públicas que deseaban.
Metí las manos en los bolsillos del abrigo y me dirigí a ver los carteles de las películas de estreno. Finalmente me dirigí hacia ellos.
-Yo quiero de terror.
-Eh, Paul, ¿crees que aquí pondrán "A Hard Day's Night"? -intervino John.
-¿A Hard Day's qué? -dije extrañada. Observé como Mary resoplaba riendo.
-Es su primera película. La del álbum de las caras...- añadió con una mirada de "lo he puesto miles de veces en casa".
Asentí dándole la razón e intenté memorizar, creo que era ese que tenía muchas fotos y el fondo azul. Creo...
-¿Entonces cuál queréis ver? ¿Vamos a "Hush... Hush, Sweet Charlotte"? ¿O sois demasiado miedicas?
John (o sea, Lennon) arqueó una ceja.
-Yo no.
-Ni yo. Bueno, yo sólo tengo miedo a las arañas... -rió McCartney.
-Yo a quedarme sin comida. -George.
-Bah, quejicas. A mí me da igual. -dijo Richard.
Mary permaneció callada. Yo no sabía cómo responder a aquella situación pero solté una débil risa.
-Veo que sois muy machotes. Bueno, pagabas tú, ¿no, Lennon?
Asintió y sacó la cartera pesadamente, lancé una mirada cómplice a mi amiga disimulando la risa mientras él me daba un billete de diez libras y me acercaba a por las entradas. 
Repartí a cada uno y me quedé con el cambio. Uh, mi primer crimen. Aunque no superaban los cincuenta peniques.
-¿Muy barata eres, no? -dijo Lennon con una mirada pícara al ver que me guardaba las monedas riendo en el bolsillo.
-¿Y tú eres un imbécil, no? -levantó las manos manos fingiendo haberse ofendido y yo pasé dentro del lugar.
Había una pequeña tienda de comida situada a un lado de la entrada y automáticamente dirigí la vista a las palomitas. Mi estómago emitió un leve rugido.
-¡Yo quiero palomitas! ¡Uhhhhhhh! ¿Hay tamaño familiar? ¡Decidme que lo hay!
Bien, creo que es obvio quién fue apresuradamente a la tienda diciendo eso.
Marie estaba riendo a carcajadas y le pedí que me cogiera algo de comer.
Me dirigí al baño (al de mujeres, obviamente) y Lennon y Starkey detrás (pero ellos al de hombres, obviamente). Salí y me dirigí de nuevo a la sala de entrada. Mary estaba un poco alejada hablando con Paul, George estaba distraído comiendo palomitas y John y Ringo deberían de haber salido un poco antes. Mi cubo de palomitas me estaba esperando junto con George. Lo agarré con ambas manos y hice un gesto con la barbilla a todos para entrar ya a la película. Todo estaba bastante oscuro, así que no se molestaron en esconder su físico, sólo susurraron para que no se les reconociera por la voz. Aunque no había demasiada gente.
Nos colocamos en dos filas, delante George, Ringo y John. Detrás Paul, Mary y yo.
Recibía ataques y robos de palomitas por todas las direciones. Lo peor, es que las palomitas con las que me daban fuesen seguramente las que me habían quitado antes Lennon, McCartney o Kaufmann. Ringo creo que se las robaba a George.
Después de que se tranquilizasen un poco pude enterarme de la película decentemente. Era muy difícil introducirte en el trama cuando oías a unos pocos metros de ti una vocecilla diciendo tonterías a cada susto que había. Lennon.
Después de 133 minutos esperando un poco de normalidad por parte de los cuatro integrantes de la banda (cosa que no ocurrió), salimos fuera, de nuevo el taxi estaba allí esperando y volví a montarme sin añadir mucho. No reaccioné hasta que oí algo similar a "salir de fiesta".
-¿Qué se supone que vais a hacer?
-Hmmmm... -Mary asomó la cabeza por encima de su asiento- ¿te vienes?
-No. -dije rotunda y me crucé de brazos.
-Oh, sí. ¿Me vas a dejar sola? Soy más pequeña que tú, podría pasarme algo... -puso pucheritos mientras lo decía.
-No, no, no, no.
-Sí, sí, sí, sí. ¡Vamos! Siempre te gustó salir por la noche.
-No con ellos. Me debes tres vinilos de Buddy Holly por esto. ¿Sabes lo que tendrás que pagarme por una noche?
Me dí cuenta tarde de lo que acababa de decir, y de lo mal que podía sonar. Todos empezaron a reír.
-¡Qué gilipollas que sois! -disimulé mi risa.
-¿Entonces te vienes? -siguió mi amiga. Arrugué la nariz y fruncí el ceño. Mary sabía perfectamente que esa era mi manera de aceptar algo con resignación, así que se giró hacia delante con los brazos en alto gritando un "¡Sííííí!".
Me llevé la mano a la frente. No sabía si reír o llorar. Pasó más o menos media hora en taxi hasta que volvimos a Londres. Eran cerca de las nueve y media y nos acercamos a una especie de bar/restaurante/discoteca/pub llamado 142.
Al parecer ya habían ido a aquel sitio más veces pues nadie empezó a gritar "¡Oh, dios mío, los Beatles!" como en casi todos los lugares donde pisaban. Es más, la mayoría saludaban alegremente con una sonrisa y ellos la devolvían. Como Mary y yo no conocíamos a nadie permanecimos tímidamente detrás de ellos. 
Pedimos un poco de bebida. Algo que me sorprendió mucho fue que mi compañera se pidiese algo más fuerte que una cerveza. Me contó una vez lo que le pasó en Hamburgo y no solía beber apenas cuando salía por miedo a recaer. Realmente no era una "santa", más bien es que prefería prevenir.
Después de más o menos una hora yo ya llevaba varias cervezas y algún que otro chupito. No me molesté en contar a Mary pero seguramente ella no superase los dos vasos. Tenía una especie de nube en la cabeza que no me permitía pensar con claridad. Maldito alcohol. Maldita tequila.
Me apoyé con la espalda contra la barra. Lennon estaba al lado con un cubata en la mano. 
McCartney y ella estaban un pelín alejados hablando de algo que parecía gracioso, o al menos eso parecía, porque juraría que Mary sonreía como una tonta. 
George y Ringo estaban con nosotros dos y presentaban total normalidad. (Era broma, ¿era la única que tenía los efectos del alcohol un poco subiditos? Mierda, mierda, mierda.)
Finalmente, con la misma sonrisa que antes los otros dos se acercaron.
-Chicos, ¿podemos ir a comer algo? Ya me canso de estar aquí. -dijo mi compañera.
Todos (básicamente, excepto John y yo. Hmmmm, ¿por qué? Los planetas se habían alineado en mi contra) asintieron.
-Yo estoy bien aquí, me gustaría quedarme.- Añadió él, y yo le acompañé.
-Bueno, podéis quedaros los dos si queréis.
Un "nooooooooooooooooooooooooooooooo, a solas con ÉL no. No." estalló en mi cabeza. Pero a diferencia de eso, me callé y me encogí de hombros, por lo que todos los demás se despidieron, Mary me alertó de que no bebiera más pues al día siguiente tenía que estar en el trabajo a las diez de la mañana (cosa a la que hice oídos sordos) y se fueron. Me apoyé con los brazos en el borde de la barra y bebí un trago del cubata. No quería mirar a John. No me gustaba esa situación. Era incómoda. Sólo acepté porque mi cerebro estaba manipulado con alcohol de más de cuarenta grados. Él me imitó y se apoyó a mi lado.
-¿Un chupito? -parecía amable. Bueno, solía ser amable. Pero tampoco me gustaba demasiado.
-Okay... - asentí lentamente, estaba más mareada que antes.- pero mañana tengo trabajo. Paso de estar resacosa toda la mañana. 
-Eh, yo he visto la película que tú querías, me lo debes. -rió.
Dirigí la mirada hacia él arqueando una ceja.
-¿Me estás retando?
-Dímelo tú, ¿te estoy retando? -dijo con aire de superioridad.
Saqué unas cuantas monedas de mi bolsillo y las coloqué encima de la barra.
-¿Tequila o vodka?
-El vodka es muy suave, ¿no crees? -me dió un codazo.
-Intenta soportarlo, Lennon. -reí y le hice un gesto al camarero levantando dos dedos de la mano y señalando la botella de tequila. Me dispuse a pagar y devolvió las monedas en mi dirección.
-Invita la casa. -sonrío y nos guiño un ojo. Después acercó dos rodajas de limón.
Cogí ambos con las dos manos y le dí uno a John, también acerqué el platito de limón.
-¿Lista? -miró desafiante.
-Lista. -hicimos chocar los dos vasitos y él apoyó el suyo en la barra.- ¿Por qué...?
Puso mirada pícara y añadió como si fuese una cancioncita "el que no apoya no folla". Reí a carcajadas.
-Pues suerte, no hay demasiadas mujeres aquí.
-¿Entonces tú...?
Arqueé las cejas a modo de "no vas a acostarte conmigo" y revolví la cabeza. Volvió a levantar el chupito.
-¡Vamos, te ha salido gratis! ¡Aprovéchalo! -insistió con el vaso en alto.
Conté hasta tres y incliné el tequila dentro de mi boca tragando sin pensármelo dos veces.
Dos segundos. Dos segundos es lo que tarda esa bebida en quemarte la garganta, desgarrarte el esófago y explotar como una bomba en el estómago. Sentí que se me iba la cabeza prácticamente al instante mientras mordía el limón aliviando el malestar de la boca.
-¿Y bien?- dijo John esperando a que respondiese algo.
-Joder... -puse el chupito sobre la barra y me dejé caer en su hombro.- Vale, has ganado.
Pude oír una pequeña risa al lado de mi oído. También colocó las manos en mi cintura.
-Siempre gano. ¿O lo dudabas?
-Cállate. -reí y permanecí con frente apoyada en su hombro. Así por lo menos la cabeza no me daba vueltas.
-Aunque estés resacosa mañana pienso recordarte tu batalla perdida. -rió malévolamente.
-¿Y quién te ha dicho que vayas a verme mañana, Lennon?
-¿Puedes dejar de llamarme "Lennon"? John, por favor. 
-No. -reí. Soltó un pequeño gruñido.
-¿Quieres irte a casa? -dijo mientras me retiraba el pelo de la cara y lo colocaba detrás de mi oreja. Su voz sonaba ahora más tranquila y empática.
-Aún puedo conmigo misma, eh... -reí.
-Pues creo que tendré que obligarte a ir.
-¿Cómo? -fruncí el ceño extrañada.
-Tal que así. -apretó mi cintura contra él, levantó mi cara de la barbilla suavemente y me besó.
De nuevo, la vocecilla de mi interior empezó a gritar cosas como "¿Qué está haciendo? ¿QUÉ-ESTÁ-HACIENDO? Párale, párale. ¡Que le pares!"
Hice caso omiso y le seguí el beso. No sabía ni porqué ni lo que vendría después de aquello, pero tampoco me importaba demasiado en ese momento. Es más, le rodeé el cuello con los brazos y le seguí besando. Para mi sorpresa fue él el que se apartó. 
-Lo siento, he apoyado el chupito. Tengo que cumplir. -puso sonrisa pícara y tiró suavemente de mi muñeca. Se despidió rápidamente del señor que estaba al otro lado de la barra y me llevó fuera.
-¿Dónde se supone que vamos? -miré a todos lados desorientada. Aún no asimilaba correctamente qué acababa de pasar.
-Bueno, vivo muy cerca de aquí. Y no estás en perfectas condiciones para andar. -añadió con tranquilidad.
Un pequeño "oh" salió de mi boca. Creo que ambos sabíamos que la cuestión no era si yo estaba o no en condiciones de andar. Si no si él estaba en condiciones o no de usar un preservativo.
Mi conciencia parecía la única en responder con lógica, sólo decía que me iba arrepentir el día siguiente. Pero mi cuerpo se negaba a detenerse y decir adiós.
Al cabo de cinco incómodos minutos de silencio en los que íbamos por la calle y él me empujaba cariñosamente (o no) de la cintura, y mi cabeza seguía repitiendo "para, para, para. Estate quieta" llegamos a su casa. Abrió la puerta rápidamente y según abrió lanzó las llaves al pequeño mueble de la entrada.
Según cerró la puerta a mis espaldas sentí como me paralizaba y me inundaban los nervios. ¿De verdad iba a hacerlo? ¿Con él? No podía ser realmente posible.
Intentaba argumentar algo de aquella situación pero él se adelantó de nuevo y volvió a voltearme para besarme. Finalmente esa horrible voz que no se había callado acabo diciendo un "no está nada mal" y se esfumó.
Él siguió besándome mientras buscaba algún lugar por donde meter las manos dentro de mi camisa. Y lo encontró. Sus manos estaban frías y me hicieron estremecer mientras las deslizaba lentamente por mi espalda. Acabé deshaciéndome de la camisa en el pasillo, de la falda en las escaleras y de la ropa interior en la puerta de su habitación, para terminar revolcándome entre las sábanas con un Lennon que me atraía mucho más de hasta lo que yo pensaba.

No sé cuántas horas dormí, cuántas horas estuve haciendo con John lo que no debía de haber hecho. Lo único que sabía es que eran las once de la mañana y tendría que haber estado en el trabajo hace una hora. Me incorporé de la cama sobresaltada, aunque me costó más de lo que yo creía pues despertarme agarrada a su cintura era una sensación muy reconfortable. Demasiado, quizá.
Me preparé lo más rápido que pude y salí de su casa intentando llamar la atención lo menos posible. Algo que me extrañó incluso más que toda esa increíble situación fue que me despidió con un cariñoso beso. ¿Eso no era algo que las parejas hacían, ya cuando eran parejas? Lo nuestro sólo había sido un polvo pasajero provocado por demasiada ingesta de alcohol. Pero dejé de comerme la cabeza con similar tontería y entré sofocada a mi oficina. Me crucé con Marie en el pasillo y corrió hacia mí.
-¡Beatrice! -parecía preocupada.
-¿Sí...?
-Hablamos luego, te está esperando el jefe en su despacho... -dijo cabizbaja.
"Oh, ¿y ahora qué? ¿Para colmo voy a perder también mi trabajo?"

*Narra Mary*
Beatrice avanzó con pasos temblorosos hasta el despacho de nuestro jefe, el cual siempre fue el típico desagradable que se dedica a arruinarle la vida a sus empleados. Si echaban a mi amiga del trabajo tendríamos un grave problema para llegar a fin de mes solamente con mi sueldo. Para colmo, no había estado en casa en toda la noche. La última vez que la vi estaba con John. Puede que sea un poco sospechoso, ya que se veía tensión sexual prácticamente desde que se conocieron, y hablando de eso, John no era el único que parecía sentir algo por Be. Para empezar, resulta que ayer mientras todos fueron a los baños del cine y yo me quedé comprando las palomitas con Paul, él me sugirió algo.
Desde que se conocieron, se notaba que entre John y Beatrice había algo. Paul se puso a explicarme que sentía algo por Be y como John y ella tonteaban mucho estaba un poco celoso así que se le ocurrió que él y yo podríamos fingir que salimos juntos para que ella sintiera celos o algo parecido y se fijara en Paul. Al principio dudé en aceptar pero conforme me explicaba lo que le pasaba me di cuenta de que el Beatle mujeriego realmente sentía algo por una chica así que, ya fuese por descubrir como era "salir" con un Beatle o por compasión, acepté. 
En conclusión, estuve toda la noche hablando con él y sonriendo como una tonta delante de la señorita Shepard. Pero nada, ella sólo se fijaba en John. Cuando nos fuimos del pub se quedaron a solas y realmente temo que haya hecho alguna estupidez de la que más tarde se pueda arrepentir. No sé si pasaron la noche juntos o si ella durmió en su sofá y ya está pero el caso es que llegó tarde al trabajo y el jefe quería hablar con ella, cosa que como ya imaginaréis, no es buena señal.
Vi cómo entraba a su despacho de cristal y me miraba preocupada al girarse para cerrar la puerta. Me senté en la sala de espera y al cabo de unos diez minutos volvió. Me levanté y nos dirigimos la una hacia la otra.
-¿Qué te ha dicho?.. - dio un suspiro antes de darme la noticia.
-Me mandan a Alemania un mes...