*Narra Mary*
Cuando abrí los ojos no me lo podía creer: me había acostado con James Paul McCartney. Él tenía los ojos cerrados aún, pero no parecía que estuviera durmiendo. Aún así, intenté incorporarme en la cama sin hacer demasiado ruido.
Me giré hacia el lado de fuera tratando atrapar la sábana con una mano para taparme.
-Hola...
Lo miré; ya había abierto los ojos y tenía la vista fijada en mí a la vez que una pequeña sonrisa.
-Creía que estabas dormida. - solté una pequeña risa.
-Pues no. - rió también - Bueno, ¿qué te ha parecido la experiencia?
-¿La experiencia?
-No sé, tirarse a un Beatle.
-Ah. Ha estado bien, sin más. - me miró con seriedad.
-¿Qué? - reí.
De repente, cogió uno de los cojines que habían acabado en el suelo y me lo estampó contra el hombro. Le di un suave empujón, él tiró de mí y, cuando me di cuenta, lo tenía debajo. Me besó suavemente y ambos nos sentamos dispuestos a vestirnos.
Mientras nos poníamos los zapatos me lanzó una pequeña mirada.
-Ha sido genial. - le dije sonriendo. Él asintió haciendo lo mismo.
-¿Y ahora qué hacemos? - dijo Paul cuando terminamos de vestirnos.
-¿Vamos a buscar a los chicos?
-Vale, pero deben de estar en el club.
-¿Qué club es?
-Espera... - se acercó al teléfono y empezó a marcar algunos números que no alcancé a ver. - Sí, verá, me preguntaba si están ahí John, George y Ringo. - asintió - Pues dígale que vuelvan a casa. Vale, gracias. Adiós.
-¿Y bien?
-Cuando vuelvan nos llamarán.
Asentí con la cabeza y nos sentamos en el sofá a esperar la llamada del resto del Fab Four.
Por fin sonó el teléfono y, como buen caballero, se levantó Paul a contestar.
-¿Diga? Eh... sí, un momento. - tapó la parte del micro y se dirigió a mí. - Es para ti.
Me acerqué a él y me pasó la llamada.
-Buenos días, buenos días... -era la voz de Beatrice, con su aire algo vacilón de siempre.
-¡Be!
-¿Quién era ese que me ha contestado al principio, eh, pillina? Me voy yo y en un par de horas te descontrolas. Muy mal ejemplo, Mary, muy mal ejemplo... -rió con una pequeña carcajada.
-Es Paul, -reí- ¿qué tal por allí? -añadí intentando cambiar de tema de conversación.
-Demasiados alemanes, éste es tu hábitat natural - reímos otra vez.
-Seguramente, ¿ya has hecho algún amigo?
-¡Ojalá! -exclamó- No entiendo a nadie, aunque el taxista fue muy amable conmigo, espero que no me haya engañado con el cambio -rió de nuevo.
Me hizo reír de nuevo.
-Me alegro de que hayas llegado bien, pero tengo que irme, Beatrice, llámame cuando puedas, ¿vale? O dime tu nuevo número de teléfono provisional.
-Vale, ya te dejo a solas con McCartney, no quería interrumpir nada. -rió, y aumentó excesivamente su tono de voz, intentando que se oyese a través del auricular- ¡Paul, más te vale que uses protección! ¡Yo no quiero niños, eh!
-Ay... mi oído... -protesté frotándome mientras reía- yo le informo, hasta mañana.
-¡Adiós! -se despidió alegremente, y colgó.
Volví al sofá con el Beatle. Antes de que me diera tiempo a acomodarme, volvió a sonar el "ring ring" del teléfono. Esta vez fui yo la que se levantó a contestar esperando el aviso de los chicos que habían ido al club de striptease.
-¿Kaufmann? - oí al otro lado del auricular -Verás, ha habido un problema de última hora. Creo que te van a necesitar por aquí -suspiré, era Colin, el secretario de nuestro jefe. Si eran noticias de él seguro que no me agradarían.
-¿Qué es lo que ha pasado?
-Rachel, la fotógrafa encargada de la sección de música ha caído enferma, y bueno, mañana tenía que llevar a cabo una misión muy importante... -explicó, apresurado.
-Entiendo, sustituta, ¿para qué?
-Mañana los Beatles dan un concierto, como entenderás no podemos faltar. Todo lo que se trate de esos cuatro vende como rosquillas.
Sentí por un momento que me faltaba el aire, pero fingí estar en desacuerdo.
-¿En serio? Pero eso es muy apresurado, ¿no hay otra fotógrafa de la sección de música que pueda asistir? Yo no tengo capacidades para esa categoría... -añadí como pude, intentando no reírme.
-Desgraciadamente no, todos los fotógrafos están en alguna otra ciudad lejos de Londres. Pero ese no es el caso, ¿qué le voy a decir al jefe? Me putea tanto como a ti, ¿sabes?
Por un momento me sorprendió que fuese tan directo conmigo, ya que sólo habremos coincidido un par de veces en la cafetería. Pero lo entendía perfectamente.
-Está bien... Me pasaré esta tarde a por el permiso de pase de prensa y esas cosas, intenta arreglármelo todo antes de... ¿las seis?
-Está bien, gracias. Luego te veo.
-Hasta luego -acabé la llamada.
Me dirigí de nuevo hacia el sofá y me subí de un salto encima de Paul.
-¿Mañana tenéis un concierto?
-Sí, ¿por?
-¿Hay sitio para una más? -sonreí, él se extrañó, frunciendo el ceño.
-¿Vendrás con nosotros? No sé si podrás...
-Más o menos, parece ser que tengo enchufe con el jefe... -reí.
-Algún tipo de favor le harás -rió guiñándome el ojo.
-¡Oye! -le di un golpe en el brazo, antes de que volviese a sonar el dichoso teléfono y dejase de reír.
Paul me miró, descolgó el teléfono antes de que a mí me diese tiempo a largar el brazo y quitárselo de la mano. Escuchó unos pocos segundos y respondió unos breves "sí, ajá, vale, ya vamos. ¡No os mováis!" antes de colgar. Cogió mi mano, me levantó rápidamente del sofá y tiró de mí hasta que llegamos a la puerta trasera. Se levantó la manga derecha de su chaqueta, miró el reloj y al cabo de unos dos minutos abrió la puerta y volvió a empujar de mí.
Una de las ventajas de esa puerta trasera es que daba a una calle por la que apenas pasaba gente y estaba prácticamente abandonada, por lo que milagrosamente Paul no tuvo que ocultarse de ninguna fan que se encontrase al acecho.
Esperamos a la entrada de una bocacalle hasta que oí el rugido de un motor y dirigí la vista hacia el coche que se acercaba a nosotros. Eran los otros tres, pero sólo bajó John, mientras que el resto nos saludó desde el coche. Nunca entedería cómo la sonrisa de George podía ser tan bonita.
John se acercó a nosotros.
-Hola, hola.
-Oye, John, ¿crees que ella podría acompañarnos mañana? -dijo Paul, señalándome con el índice con una clara intención de que raramente podría ir con ellos.
-¿Cómo? No creo... Eso despertaría muchas sospechas y a Brian no le gustaría...
Resoplé.
-A ver, Paul, no te adelantes -reí-, si tenía pensado ir es porque me han mandado como fotógrafa de la sección de música...
-Ah... ¡Podías haberlo dicho antes! -rió.
-Tampoco me habías preguntado -reí con tono burlón.
John nos miró a ambos con los ojos entrecerrados, aguantando claramente la risa.
-No sé qué os traéis entre manos vosotros dos -dijo pícaramente- pero yo no venía a hablar de eso.
-¿Entonces? -pregunté con una sonrisa.
John saltó sobre sus talones como si se tratase de un niño de cinco años emocionado a la espera de que sus padres le compraran una bolsa de gominolas.
-He encontrado un nuevo hobbie. Me gusta hacer rabiar a Beatrice, y aprovechando que ahora no está en Inglaterra para poder ponerme una orden de alejamiento... ¿Puedo llamarla desde tu casa para reírme un poco?
-No tengo aún su número, me ha llamado antes, dijo que quizá llamaba esta noche. Pero no tengo ni idea, John, no sé... -yo también empezaba a sospechar de que ellos tuviesen algo, pero esperaba que en tal caso Beatrice me hubiese informado de ello. Aunque yo tampoco le informé de mis últimos acontecimientos con Paul.
-Hmmm... Bueno, ¿y si cenamos todos esta noche en tu casa? -dijo una inocente maldad en su voz.
Lo medité unos segundos, pero no podía negar una cena a los Beatles, así que...
-Está bien, pero a las once os quiero fuera, eh, mañana tengo que ir a una interesante rueda de prensa y no quiero morir de sueño en el intento.
Ambos rieron. John pasó un brazo por mis hombros, tirando de mí hacia el coche mientras Paul nos acompañaba al otro lado.
-¡Perfecto! ¿Hay que comprar algo?
-No hace falta, pero tengo que pasarme por la oficina para recoger los permisos y esas cosas.
-Sin problema -interrumpió Paul alegremente mientras pasamos los tres adentro- Ringo, ya sabes adónde ir.
Ringo arrancó de nuevo el coche hasta que llegamos a las puertas de mi sucursal. A partir de cierto momento ellos tuvieron que intentar ocultar sus cabezas entre los hombros, ya que a través de aquellos cristales cualquiera podría darse cuenta de que se trataba de John, Paul, George y Ringo y no tardaría más dos minutos en levantarse una oleada fan.
Al cabo de más o menos dos horas volvieron en la misma dirección, dejándome en la puerta de casa y asegurándome que no estarían más tarde de las siete.
Comí ojeando un programa en la televisión pensando en lo que había pasado esta mañana con Paul.
Si se suponía que lo nuestro era una "farsa" para despertar los celos -los cuales aún no ha mostrado- de mi amiga... No era necesario que él y yo nos acostásemos. ¿O sí?
Una breve mirada al reloj me apartó de mis pensamientos, ya que tenía que cocinar algo y estaban a punto de ser las cinco de la tarde.
Como prometieron, los cuatro melenudos no tardaron más de dos horas en llamar al timbre, aunque lo hicieron con insistencia. No creo que pudieran permitirse estar más de veinte segundos a vista de todos sin llamar la atención.
Cenamos, hablamos, reímos, y todo lo típico que hacen las personas en compañía -a pesar de que el término "típico" no estuviese aceptado en el vocabulario relacionado con los Beatles- hasta que finalmente Beatrice llamó.
Cuando abrí los ojos no me lo podía creer: me había acostado con James Paul McCartney. Él tenía los ojos cerrados aún, pero no parecía que estuviera durmiendo. Aún así, intenté incorporarme en la cama sin hacer demasiado ruido.
Me giré hacia el lado de fuera tratando atrapar la sábana con una mano para taparme.
-Hola...
Lo miré; ya había abierto los ojos y tenía la vista fijada en mí a la vez que una pequeña sonrisa.
-Creía que estabas dormida. - solté una pequeña risa.
-Pues no. - rió también - Bueno, ¿qué te ha parecido la experiencia?
-¿La experiencia?
-No sé, tirarse a un Beatle.
-Ah. Ha estado bien, sin más. - me miró con seriedad.
-¿Qué? - reí.
De repente, cogió uno de los cojines que habían acabado en el suelo y me lo estampó contra el hombro. Le di un suave empujón, él tiró de mí y, cuando me di cuenta, lo tenía debajo. Me besó suavemente y ambos nos sentamos dispuestos a vestirnos.
Mientras nos poníamos los zapatos me lanzó una pequeña mirada.
-Ha sido genial. - le dije sonriendo. Él asintió haciendo lo mismo.
-¿Y ahora qué hacemos? - dijo Paul cuando terminamos de vestirnos.
-¿Vamos a buscar a los chicos?
-Vale, pero deben de estar en el club.
-¿Qué club es?
-Espera... - se acercó al teléfono y empezó a marcar algunos números que no alcancé a ver. - Sí, verá, me preguntaba si están ahí John, George y Ringo. - asintió - Pues dígale que vuelvan a casa. Vale, gracias. Adiós.
-¿Y bien?
-Cuando vuelvan nos llamarán.
Asentí con la cabeza y nos sentamos en el sofá a esperar la llamada del resto del Fab Four.
Por fin sonó el teléfono y, como buen caballero, se levantó Paul a contestar.
-¿Diga? Eh... sí, un momento. - tapó la parte del micro y se dirigió a mí. - Es para ti.
Me acerqué a él y me pasó la llamada.
-Buenos días, buenos días... -era la voz de Beatrice, con su aire algo vacilón de siempre.
-¡Be!
-¿Quién era ese que me ha contestado al principio, eh, pillina? Me voy yo y en un par de horas te descontrolas. Muy mal ejemplo, Mary, muy mal ejemplo... -rió con una pequeña carcajada.
-Es Paul, -reí- ¿qué tal por allí? -añadí intentando cambiar de tema de conversación.
-Demasiados alemanes, éste es tu hábitat natural - reímos otra vez.
-Seguramente, ¿ya has hecho algún amigo?
-¡Ojalá! -exclamó- No entiendo a nadie, aunque el taxista fue muy amable conmigo, espero que no me haya engañado con el cambio -rió de nuevo.
Me hizo reír de nuevo.
-Me alegro de que hayas llegado bien, pero tengo que irme, Beatrice, llámame cuando puedas, ¿vale? O dime tu nuevo número de teléfono provisional.
-Vale, ya te dejo a solas con McCartney, no quería interrumpir nada. -rió, y aumentó excesivamente su tono de voz, intentando que se oyese a través del auricular- ¡Paul, más te vale que uses protección! ¡Yo no quiero niños, eh!
-Ay... mi oído... -protesté frotándome mientras reía- yo le informo, hasta mañana.
-¡Adiós! -se despidió alegremente, y colgó.
Volví al sofá con el Beatle. Antes de que me diera tiempo a acomodarme, volvió a sonar el "ring ring" del teléfono. Esta vez fui yo la que se levantó a contestar esperando el aviso de los chicos que habían ido al club de striptease.
-¿Kaufmann? - oí al otro lado del auricular -Verás, ha habido un problema de última hora. Creo que te van a necesitar por aquí -suspiré, era Colin, el secretario de nuestro jefe. Si eran noticias de él seguro que no me agradarían.
-¿Qué es lo que ha pasado?
-Rachel, la fotógrafa encargada de la sección de música ha caído enferma, y bueno, mañana tenía que llevar a cabo una misión muy importante... -explicó, apresurado.
-Entiendo, sustituta, ¿para qué?
-Mañana los Beatles dan un concierto, como entenderás no podemos faltar. Todo lo que se trate de esos cuatro vende como rosquillas.
Sentí por un momento que me faltaba el aire, pero fingí estar en desacuerdo.
-¿En serio? Pero eso es muy apresurado, ¿no hay otra fotógrafa de la sección de música que pueda asistir? Yo no tengo capacidades para esa categoría... -añadí como pude, intentando no reírme.
-Desgraciadamente no, todos los fotógrafos están en alguna otra ciudad lejos de Londres. Pero ese no es el caso, ¿qué le voy a decir al jefe? Me putea tanto como a ti, ¿sabes?
Por un momento me sorprendió que fuese tan directo conmigo, ya que sólo habremos coincidido un par de veces en la cafetería. Pero lo entendía perfectamente.
-Está bien... Me pasaré esta tarde a por el permiso de pase de prensa y esas cosas, intenta arreglármelo todo antes de... ¿las seis?
-Está bien, gracias. Luego te veo.
-Hasta luego -acabé la llamada.
Me dirigí de nuevo hacia el sofá y me subí de un salto encima de Paul.
-¿Mañana tenéis un concierto?
-Sí, ¿por?
-¿Hay sitio para una más? -sonreí, él se extrañó, frunciendo el ceño.
-¿Vendrás con nosotros? No sé si podrás...
-Más o menos, parece ser que tengo enchufe con el jefe... -reí.
-Algún tipo de favor le harás -rió guiñándome el ojo.
-¡Oye! -le di un golpe en el brazo, antes de que volviese a sonar el dichoso teléfono y dejase de reír.
Paul me miró, descolgó el teléfono antes de que a mí me diese tiempo a largar el brazo y quitárselo de la mano. Escuchó unos pocos segundos y respondió unos breves "sí, ajá, vale, ya vamos. ¡No os mováis!" antes de colgar. Cogió mi mano, me levantó rápidamente del sofá y tiró de mí hasta que llegamos a la puerta trasera. Se levantó la manga derecha de su chaqueta, miró el reloj y al cabo de unos dos minutos abrió la puerta y volvió a empujar de mí.
Una de las ventajas de esa puerta trasera es que daba a una calle por la que apenas pasaba gente y estaba prácticamente abandonada, por lo que milagrosamente Paul no tuvo que ocultarse de ninguna fan que se encontrase al acecho.
Esperamos a la entrada de una bocacalle hasta que oí el rugido de un motor y dirigí la vista hacia el coche que se acercaba a nosotros. Eran los otros tres, pero sólo bajó John, mientras que el resto nos saludó desde el coche. Nunca entedería cómo la sonrisa de George podía ser tan bonita.
John se acercó a nosotros.
-Hola, hola.
-Oye, John, ¿crees que ella podría acompañarnos mañana? -dijo Paul, señalándome con el índice con una clara intención de que raramente podría ir con ellos.
-¿Cómo? No creo... Eso despertaría muchas sospechas y a Brian no le gustaría...
Resoplé.
-A ver, Paul, no te adelantes -reí-, si tenía pensado ir es porque me han mandado como fotógrafa de la sección de música...
-Ah... ¡Podías haberlo dicho antes! -rió.
-Tampoco me habías preguntado -reí con tono burlón.
John nos miró a ambos con los ojos entrecerrados, aguantando claramente la risa.
-No sé qué os traéis entre manos vosotros dos -dijo pícaramente- pero yo no venía a hablar de eso.
-¿Entonces? -pregunté con una sonrisa.
John saltó sobre sus talones como si se tratase de un niño de cinco años emocionado a la espera de que sus padres le compraran una bolsa de gominolas.
-He encontrado un nuevo hobbie. Me gusta hacer rabiar a Beatrice, y aprovechando que ahora no está en Inglaterra para poder ponerme una orden de alejamiento... ¿Puedo llamarla desde tu casa para reírme un poco?
-No tengo aún su número, me ha llamado antes, dijo que quizá llamaba esta noche. Pero no tengo ni idea, John, no sé... -yo también empezaba a sospechar de que ellos tuviesen algo, pero esperaba que en tal caso Beatrice me hubiese informado de ello. Aunque yo tampoco le informé de mis últimos acontecimientos con Paul.
-Hmmm... Bueno, ¿y si cenamos todos esta noche en tu casa? -dijo una inocente maldad en su voz.
Lo medité unos segundos, pero no podía negar una cena a los Beatles, así que...
-Está bien, pero a las once os quiero fuera, eh, mañana tengo que ir a una interesante rueda de prensa y no quiero morir de sueño en el intento.
Ambos rieron. John pasó un brazo por mis hombros, tirando de mí hacia el coche mientras Paul nos acompañaba al otro lado.
-¡Perfecto! ¿Hay que comprar algo?
-No hace falta, pero tengo que pasarme por la oficina para recoger los permisos y esas cosas.
-Sin problema -interrumpió Paul alegremente mientras pasamos los tres adentro- Ringo, ya sabes adónde ir.
Ringo arrancó de nuevo el coche hasta que llegamos a las puertas de mi sucursal. A partir de cierto momento ellos tuvieron que intentar ocultar sus cabezas entre los hombros, ya que a través de aquellos cristales cualquiera podría darse cuenta de que se trataba de John, Paul, George y Ringo y no tardaría más dos minutos en levantarse una oleada fan.
Al cabo de más o menos dos horas volvieron en la misma dirección, dejándome en la puerta de casa y asegurándome que no estarían más tarde de las siete.
Comí ojeando un programa en la televisión pensando en lo que había pasado esta mañana con Paul.
Si se suponía que lo nuestro era una "farsa" para despertar los celos -los cuales aún no ha mostrado- de mi amiga... No era necesario que él y yo nos acostásemos. ¿O sí?
Una breve mirada al reloj me apartó de mis pensamientos, ya que tenía que cocinar algo y estaban a punto de ser las cinco de la tarde.
Como prometieron, los cuatro melenudos no tardaron más de dos horas en llamar al timbre, aunque lo hicieron con insistencia. No creo que pudieran permitirse estar más de veinte segundos a vista de todos sin llamar la atención.
Cenamos, hablamos, reímos, y todo lo típico que hacen las personas en compañía -a pesar de que el término "típico" no estuviese aceptado en el vocabulario relacionado con los Beatles- hasta que finalmente Beatrice llamó.
*Narra Beatrice*
Me desperté de mi sueño gracias a la incómoda voz de la
azafata informando que llegábamos a tierra. Nunca pensé que el vuelo de los
aviones pudiera ser tan relajante, ya que hasta en mi propia cama me hubiese
costado dormir tan plácidamente sabiendo que poco después estaría en tierras
desconocidas para mí, además de que me estrenaba pues era mi primer viaje por
aire.
Me dirigí rápidamente a la salida del aeropuerto en cuanto
conseguí mi equipaje, ya que estaba nerviosa a la vez que exhausta por saber
algo más de lo que me esperaría allí. Pero no veía a nadie, o nadie me veía a
mí. Pasaron varios e interminables minutos en los que yo me distraía saltando
sobre mis talones hasta que un taxi aparcó cerca de mí. De él salió un chico, con
algunos años más que yo. Me imaginaba que llevase un letrero donde pusiese
“Señora Shepard” como en las películas, pero se limitó a avanzar unos pasos y
apoyarse sobre el muro del edificio esperando a alguien o a algo.
Como los aeropuertos estaban siempre transitados me era
imposible saber si era yo la persona que iba a disponer de ese taxi o podría
ser cualquier otra que viajase en mi mismo vuelo. Decidí sacar un cigarro y,
amistosamente, acercarme. A mi desgracia, cuando ya llevaba bastantes pasos decididos
hacia él y había captado su atención me di cuenta de que, quizá, ni siquiera
hablase inglés, y yo no tenía otro idioma con el que comunicarme, y haría
estrepitosamente el ridículo. Pero ya no podía detenerme, por lo que continué.
-Perdone, ¿podría darme fuego?
-Sí, claro –afirmó con un inglés muy brusco, imagino que con
un llamado “acento alemán”. Se palpó los bolsillos y me tendió un mechero.
Mientras trataba de encenderlo pude ver como mostraba una
pequeña sonrisa –algo carismática- y añadió:
-Por una casualidad, ¿no serás la periodista llegada de
Inglaterra, Beatrice Shepard?
Levanté la mirada del mechero que se resistía ofrecerme una
pequeña llama con la que poder encender mi cigarro y asentí.
-Más bien, fotógrafa…
-Bueno, es igual, ¡se necesitan igualmente! -continuó
alegremente- Llevaba un rato esperando, al igual que tú, por lo que he visto.
Deberían haberme dejado una foto tuya, o algo, podríamos haber esperado horas.
Me ruboricé levemente, imagino que por un recibimiento tan
caluroso.
-Sí… Mi jefe no es muy agradable, por lo que tampoco tuve
mucho valor en preguntarle algo más sobre todo esto aparte de la información
que me dio. Seguro que se hubiese excusado diciendo que era una incompetente o
algo por el estilo –reí con timidez.
-Bueno, aquí tienes un tiempo para alejarte de ese jefe.
–pasó su brazo por mi hombro y me dirigió al coche mientras yo me tropezaba con
mi propia maleta- Además como todos suelen ser periodistas enviados durante
ciertos días y después vuelven, así que al no pasar mucho tiempo con los
mismos, tenemos algo más de libertad. Somos independientes.
El taxista acudió al ver que nos acercábamos y se ofreció a
colocar mi equipaje en el maletero, por lo que yo le estuve muy agradecida.
Ambos pasamos dentro y después el taxista arrancó. El hombre
al que conocía desde hacía apenas diez minutos me estuvo hablando muy
amigablemente de cómo funcionaba todo allí, aunque, al no saber ni su nombre me
limité a asentir de vez en cuando, al sentir que esperaba una respuesta y
dentro de ésta sólo cabía un “sí, lo he entendido”.
Llegamos a una especie de apartamento, donde, por lo que me
había explicado, estaba asignada una planta para cada grupo de periodistas –o
acompañantes, como era mi caso donde sólo se me necesitaba para sacar fotos- dependiendo
de su idioma. Así, por ejemplo, si yo necesitaba compresas no tenía que llamar
puerta por puerta buscando a un inglés –en este caso, inglesa- que me lo
pudiese prestar.
También me explicó que esa tarde la tendría libre, para
poder organizar todas mis cosas y adaptarme a la habitación en la que viviría
durante las próximas semanas. A la mañana siguiente me esperaría un amplio
grupo de personas para explicarme con mayor detenimiento qué tendría que hacer
yo allí.
Lo primero que hice al entrar en el apartamento, después
de colocar las maletas contra la primera pared que encontré y revolverme el
pelo al apartarme el flequillo, fue llamar a Mary, aunque para mi sorpresa o
decepción, estaba ocupada. El teléfono lo había cogido Paul y no quería alargar
la conversación si él estaba allí con ella, aunque prometí llamar de nuevo más
tarde.
Como tenía toda la tarde por delante y lo que menos me
apetecía era salir de ese edificio siendo incapaz de hacerme entender con
alguien sin ayuda, me tiré en el sofá, alargué la mano hasta una pequeña radio
que asomaba por una mesa de cristal que se encontraba en el centro de la sala
de estar y alterné por varias cadenas. Todas en alemán.
-¡Joder! –mascullé, y tuve que levantarme de nuevo a buscar
un mechero por mi bolso, ya que el de mi recibidor no había prendido y yo
continuaba nerviosa.
También estaba frustrada, durante toda mi estancia pasaría
la mayor parte de mi tiempo sola, ya que no podría estar las veinticuatro horas
enganchada al teléfono hablando con Mary.
Sabía que toda esa soledad haría que me fundiese la cabeza
con pensamientos estúpidos. Tal y como estaba empezando a hacer en aquel
momento. Y también sabía de qué tratarían todos esos pensamientos; o mejor
dicho, de quién.
Su nombre sonó un momento entre mis labios, ya que al
contener una sola sílaba era muy fácil pronunciarlo al expulsar el humo de la
primera calada. Y me odié por ello, y le odié por ello.
Y como detestaba profundamente aquel pensamiento, pasé
desesperadamente a otro. Pero el otro era similar. Si mis sospechas se
confirmaban y mi amiga tenía realmente algo con Paul McCartney entendía
perfectamente todo lo que aquello supondría. Y no lo podía asumir.
No lo podía asumir, porque mi odio terrenal al señor
McCartney provenía de algo parecido a ello. Esa experiencia de hace años, de
nuestra juventud. Si no recuerdo mal, cuando teníamos algo más de quince años.
Yo no entendía qué, pero debería desprender un aroma que hacía enloquecer a
todas. A todas menos a mí, o eso parecía, aunque mi mejor amiga cayó en el
hechizo. Se enamoró profunda y platónicamente de Paul y yo acabé quedando como
segundona. Cuando Paul por fin aceptó salir con ella, mi amiga no puso
abstención alguna. Poco a poco, rechazaba mis ofertas de venir al patio trasero
de mi casa a ojear unas fotografías antiguas o a acercarnos al kiosco a por
unos periódicos y burlarnos de cómo los adultos podían desquiciarse tanto
por temas estúpidos como la política. Su horario pasó a dedicárselo al cien por
cien a él, hasta que un día, como todo adolescente, él decidió “cambiar de
aires”. Alice, destrozada, volvió a mí, pero me era imposible juzgarla o
culparla, ya que seguramente no fuese ni la primera ni la última en pasar por
aquella situación. Por lo que sí que pude culparla, aunque nunca se lo manifesté,
es porque nunca supo la asfixiante tristeza que me atacaba cada vez que llamaba
a su casa y sus padres me contestaban con un “ha salido” y no era conmigo.
No podía permitir que Mary pasase por eso, y mucho menos con
el mismo chico. Tampoco podía permitírmelo a mí. Puede que fuese egoísta, pero
no soportaría que me abandonaran de aquella forma de nuevo. Paul, por mucho que
hubiese madurado estos años, su fama había aumentado de igual modo. Y todos
sabemos lo que la fama conlleva.
Mujeres, drogas. Mujeres, drogas.
No albergaba ninguna esperanza dentro de mí de que su caso
se diferenciara en algo, de que no todos los artistas fuesen como la mayoría de
los que nos habían vendido desde que comenzó el movimiento del Rock&Roll.
No era una crítica, el peso de la fama siempre había sido demasiado para
muchos, y no creo que los Beatles permitiesen la excepción. No todos se volvían
estúpidos, no a todos se les subía la fiebre a la cabeza, no todos mantenían un
ego alimentado por los rumores más poderosos; pero de alguna u otra manera, la
fama afectaba.
Mary sentía igualmente una especie de amor platónico e
incondicional por esos cuatro hombres. Por los cuatro. Aceptaba que tuviesen
defectos como todo ser humano, pero mantenía su figura en un pilar, divinizados.
Me la imaginaba dentro de muchos años, hablando a sus futuros nietos de cómo
ella pudo ver a sus ídolos envejecer, de cómo pudo conocerlos, comentando todas
las anécdotas que un día me contó a mí y esa imagen me alumbró una sonrisa. Si
es cierto que el fin justifica los medios, quizá preocuparme por lo que pueda
pasar en un futuro cercano o lejano con Paul fuese excesivo. Quizá todo
eran suposiciones aceleradas mías; quizá si ella era feliz, yo debería mantener
la boca cerrada.
Y eso fue lo que decidí mientras apretaba la colilla ya
consumida contra el cenicero.
Giré sobre mis talones, tomé una buena bocanada de aire y
mientras observaba todo con más detenimiento me dirigí a por el equipaje que me
esperaba para ser colocado en los armarios.
La tarde avanzó más rápido de lo que yo esperaba, ya que mi
último pensamiento había sido alegre me mantuve con ese estado de ánimo toda la
tarde. Tanto, que me arriesgué a bajar a un pequeño establecimiento por el que
habíamos pasado con el taxi y conseguir una extensa compra de comida. No me
expliqué cómo lo hice, pero desde luego que estaba rebosante de felicidad. Y
como después de preparar unos espaguetis tenía que comentar mi logro con
alguien llamé de nuevo a mi amiga, como había prometido. Pero me esperaba otra
sorpresa. Esta vez tampoco me contestó su voz, sino otra que también me era
familia. Más familiar de lo que me hubiese gustado.
-¡¿Qué se supone que haces en mi casa!? –espeté.
-Tu amiga nos invitó a cenar, y como soy un caballero, no
podía faltar –explicó burlón.
-Cállate.
-No he dicho nada malo. Tú preguntas, yo respondo.
-Llaves de mi casa no tienes, era una pregunta retórica.
Él se seguía riendo, sabía que se reía de mí y eso me
enrabiaba más.
-Acabarás suplicándome que acepte unas dentro de un tiempo
–afirmó carismáticamente.
-No sueñes, no te quiero todos los días en mi territorio. No
te quiero ninguno, a ser posible.
-¿Apostamos algo?
-Lennon, déjame en paz. Sería un gran favor que me pasaras a
mi compañera, no necesito perder más tiempo contigo.
-No apuestas, ¡galliiiiiiiinaaaaaaaaa! –rió.
-¿Siempre eres tan infantil?
-A eso acostumbro. Yo infantil, tú gallina.
-Infantil y gilipollas.
-Gallina y malhablada.
-Imbécil –resoplé.
-A su servicio.
-Olvídame –terminé, violentamente.
-Vale, ¡hasta luego! –dijo con una voz muy divertida y
alegre. Imaginé que para sacarme aún más de quicio. Pero no, aún tenía algo que
preguntarle.
-Espera, espera, ¡Lennon! ¡John! ¡No cuelgues! –grité por el
auricular.
-¿Sí? ¿No crees que has tardado demasiado poco en suplicar?
-Más te gustaría. Ahora, ¿puedes escucharme y callar un
momento obedientemente?
-Puedo intentarlo.
-¿Sabes algo nuevo, o fuera de lo normal, de Mary y Paul?
-Puede que sí, puede que no.
-Oh, vamos. –mascullé.
-No te lo diré tan fácilmente, pequeña. Y la puja está alta,
¿qué me das a cambio?
Le odiaba, terrible y profundamente. Le odiaba, le odiaba,
le odiaba.
Definitivamente.
Le odiaba.
-¿Perdona? No puedes ser tan estúpido, tienes que estar de
broma –reí por no llorar.
-¿Cuándo estoy yo de broma? Por favor, me ofendes –rió.
-De momento, desde que te conozco, no sé. Déjame pensar…
¿¡Continuamente!?
-Pues ahora no estoy de broma, y se me dan bien los
negocios. Estoy esperando –añadió con voz traviesa, dándose aires.
-¿Y qué propones?
-¿Y si utilizas tus armas de mujer? –y de nuevo, sonó
pícaro.
-¿Y si estoy en otro país, cómo? –dije, desesperadamente.
-¿Si estuvieras aquí las usarías?
-Yo no he dicho eso.
-Sí lo has dicho.
-No.
-Sí.
-Que no.
-Que sí.
Me empecé a reír como una tonta.
-Vale, ya, para. ¿Me lo vas a decir?
-¿Decir el qué?
-Lo de Paul y Mary… -suspiré cansada.
-¡Aaaaaah…! No –rió-. Aún no sé cómo me vas a recompensar,
es información privada confidencial, un delito ¿sabes?
-¿Si digo que “usaré” mis armas de mujer, lo dejarás de una
vez por todas?
-Ajá.
-Ahmm… Pues trato hecho.
Nota mental: No, no lo haría.
-No lo has dicho.
-¿El qué?
-Eso.
-Lo he dicho.
-No, no, no. Has dicho “ahmm… Pues trato hecho”.
-Vale, está bien. –y mascullé entre dientes un “usaré mis
armas de mujer” (no sé cuáles, pero con tal de que callase).
-¿Ves lo fácil que es así? –rió carismáticamente- Ah, y
seguramente, tengan algo, sólo hay que ver cómo están.
-¿Ya está, nada más?
-Más información aumenta el precio, ¿algo más para ofrecerme?
-Me estás vacilando, ¿verdad? Mira, adiós, pásame a mi
amiga. –traté de no gritar, pero estaba exasperada.
-Vale, pero me debes algo. Ya sabes.
Oí un “¡Maaaaaary!”, y a los cinco segundos mi amiga estaba
al teléfono. Antes de que pudiera decir nada, afirmé:
-No soporto a ese hombre. De veras, no puedo con él. No
puedo, no puedo, no puedo. No-puedo.
-¿Ha pasado algo?
-Que es estúpido. Es tonto, completamente. Agh.
-Bueno, te acabará cayendo bien. Tiene un lado muy…
entrañable. –dijo tratando de calmarme, con una pequeña risa entre labios.
-Seguro… -resoplé- oye, perdona. He perdido mucho tiempo al
teléfono y tengo que hacer cosas por aquí. Llamo otro día, ¿vale?
-Tranquila, no te preocupes. Sabes dónde estoy. ¡Mucha
suerte!
-Gracias, y a ver qué haces por allí en mi ausencia, eh.
–reí, con un tono de doble fondo.
-Oh, soy buena y responsable. ¡Confía en mí!
-Ya lo hago. –reí- ¡Adiós!
-Adiós.
Coloqué el auricular del teléfono en su sitio mientras me
rugían las tripas. Con todos los nervios, mi estómago no había manifestado sus
ansias de comida hasta ese momento, por lo que al mediodía no tomé nada.
Al no saber cómo comunicarme con los alemanes y no tener muy
buena mano con la comida, decidí arriesgarme a ir a un restaurante. Y, como mi
temor prometía, tuve que manifestar al camarero qué quería tomar a través de
mímica, dando gracias a que el inglés fuese un idioma bastante extendido y
poderme ayudar un poco de palabras concretas.
Pensé: ¿qué puedes encontrar en Alemania? ¿Qué será aquí lo
más típico? ¿Salchichas Frankfurt y hamburguesas?
Eso hice, pero la mayor complicación ocurrió al momento de
tener que pagar. El mismo camarero, que tuvo mucha compasión conmigo, me ayudó
–mañamente, no entendía nada- a contar las monedas. Agradecida enormemente, volví
de camino a aquel apartamento, y al ser un tramo corto, no tardé más de media
hora en estar quitándome los tacones y dejándolos caer en el parquet del
pasillo principal.
Después de darme una muy rápida ducha y acostarme en la
cama, agotada, me dormí pensando en lo odioso que era mi jefe por mandarme a un
lugar tan inexplorado para mí, y en lo odioso que era Lennon –sí, Lennon. No
puedes llamar por su nombre de pila a una persona en la que no confías-. Y qué
“armas” se supondría que tenía que utilizar de vuelta a Inglaterra.
Ah, y pensé en lo jodidamente suaves que eran las sábanas de
aquella cama, qué desgracia que estuviesen frías.